Energía, vitalidad, ganas por descubrir el mundo e infinidad de experiencias por sentir. Así es la juventud.

Juventud, dinero y libertad total. Son las tres armas capaces de destrozar la vida de cualquier muchacho que empieza a descubrir el mundo.$

Alpha Dog nos cuenta la historia de unos jovenes de Los Ángeles que tienen todo en sus manos. Hijos del Estado del Bienestar, con padres que tienen el dinero por castigo y cuyas vidas gira entorno a todo menos a sus hijos, dejándolos de la mano de sus propios caprichos y deseos que únicamente son impulsados por sus hormonas en plena ebullición.

Basada en hechos reales, “Alpha Dog” cuenta cómo estos chicos, dejados de la mano de Dios, empiezan a traficar con drogas, manejar grandes cantidades de dinero y a involucrarse demasiado en ese atractivo y sucio submundo con el que es muy fácil coquetear y caer en sus redes y del que normalmente no se puede salir bien parado.

Como aquel que dijo, esto se trata de “sexo drogas y rock and roll” aunque ahora el rock lo llaman hip hop.

Un ajuste de cuentas que desemboca en un secuestro inofensivo termina por destrozar la vida de muchas familias. Esta es la triste realidad que nos acompaña a diario y que Nick Cassavetes ha sabido contar de forma más que aceptable.

Película bien tratada, con pinceladas de documental por ese granulado tan casero que usa en determinadas ocasiones, así como algún que otro cruce de planos que comparten pantalla al mismo tiempo. Destacar el inicio de la película con el típico video casero que todos tenemos y que rememora aquellos maravillosos años en los que éramos inocentes querubines y nos recuerda aquello que fuímos, refleja lo que somos y nos sirve de juicio para valorar qué estamos haciendo de nuestra vida.

Terminamos con un dilema que plantea el film en sus momentos finales. No sólo que las imprudencias y los crímenes se pagan o que debemos prestar más atención a la educación de las nuevas generaciones. Más bien yo me quedo con la crueldad del sistema judicial norteamericano las decisiones que son capaces de adoptar en frio y ese sistema tan “ojo por ojo”. Es cierto que no hay justificación alguna para el asesinato y no hay recompensa alguna más que la resurrección, que de todas las formas resulta imposible.

Pero la prisión debería ser un lugar usado como vehículo para que los criminales no sólo paguen sus errores, sino para que la propia sociedad ponga a examen su conciencia y sirva para dar una segunda oportunidad y que la inteligencia, la madurez y unos valores presumiblemente superiores y cercanos a la verdadera divinidad (y no la que procesan otros), se impongan al dolor, al rencor y la venganza. Y como alguno de vosotros me critica siempre “que hagan de este mundo un lugar mejor para vivir”.

Y hasta aquí puedo leer. Pasaréis un buen rato, disfrutaréis de una película que es más seria de lo que parece, aunque alguno de sus momentos no este a la altura y descubriréis a un cada vez más prometedor Justin Timberlake, que coquetea con el mundo del cine sin renunciar a su verdadera pasión, la música. Espero que pronto interprete un papel en el que pueda deslumbrarnos con sus increíbles pasos de baile.

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