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Vergüenza. Un relato corto de Mike Saintcross

Vergüenza

Andrei recostaba su espalda cada mañana sobre la misma pared. Desde muy temprano el frío penetraba en su cuerpo y parecía concentrarse únicamente en mantener el equilibro sobre la caja de fruta que le prestaban en la tienda que tenía tras él.

Abrigado con una vieja chaqueta de lana que había recogido en la beneficencia y una manta que los mismos fruteros le habían regalado, pasaba la mañana, quieto como una estatua, con la mirada perdida en el infinito, sin ningún tipo de expresión. Únicamente se veían sus dedos asomar tras la manta sujetando un vaso de plástico y unas monedas en su interior.  Hace tiempo que la ilusión le abandonó. Era un autómata, cada día repetía la misma rutina con el fin de recoger esas pocas monedas que le permitieran comer. Ni siquiera podía regresar a su país. No tenía fuerzas ni para acudir a su embajada en busca de auxilio, de sentirse en casa, de ver como los suyos, los de su tierra, sus hermanos…le echan una mano. Ya no había cabida para nada más en su vida. Se daba por perdido. Estaba derrotado. El sueño que una vez tuvo se perdió en las calles de esta ciudad. Alguna vez trataba de recordar como sucedió todo pero cada vez que lo intentaba tenía más la sensación de que este era su estado natural, como si siempre hubiera sido igual.

La gente pasaba caminando junto a él. No recuerda bien como fue, pero un día se volvió invisible, aunque unos pocos todavía alcanzan a verle. No son muchos pero lo justo para poder estar ahí al día siguiente.

Su rostro era la viva expresión de la desgracia, aunque había gran belleza en sus ojos, de un azul cristalino con el encanto propio del cielo en el amanecer ártico, de suaves tonos heladores que dejan pasmado a quien lo observa. Unos ojos que habían visto demasiadas cosas que nunca hubieran imaginado. Pero allí estaban dejándose llevar por el horizonte.

Andrei sentía vergüenza. Llegó con muchas ganas de triunfar, de tener una vida plena, de lograr sus metas y regresar algún día a casa con la cosecha de su trabajo. Todavía se imagina alguna vez llegando a su pueblo de forma victoriosa, como dicen, la esperanza nunca se pierde, aunque fuera con el subconsciente. Mientras que aquello nunca ocurriría, la vergüenza se apoderaba de él. La invisibilidad le devoraba el alma. Con ella sentía desprecio y se alejaba cada vez más de la humanidad. Todo su talento, el que un día le trajo hasta aquí, se convertía en debilidad, en vergüenza. Fue como el relámpago, que tan pronto nos ilumina y nos hace brillar como nos ciega y nos sume en la oscuridad. Se sentía tan miserable que en alguna ocasión se sonreía.

El instinto también le había abandonado, como tantas otras cosas. Ya no tenía el impulso de un depredador, tan sólo quedaba el corazón de un rumiante en su interior, que pastaba a diario sin pensar que sería de él mañana. Esa embriagadora necesidad de ser que alimenta nuestro orgullo le observaba desde el otro lado la acera. Sentía vergüenza de si mismo.

Esta es mi parada, ya llegamos. Justo la misma en que cada día observo a Andrei sentado frente a la frutería.

El sonido del autobús hace que Andrei levante la mirada. Se abren las puertas y bajo en dirección al metro, pero sin perder de vista el rostro de Andrei. Por un momento cruzamos la mirada, pero al instante agacha los ojos, la vergüenza le abruma. Lo que Andrei no sabe es que quien siente más vergüenza, soy yo.

Una mañana cualquiera

Nuevo relato en Historias de CINE.

Un mañana cualquiera
Matilda iba camino de su trabajo, como hacía cada mañana y para lo que se levantaba muy temprano. Vivía en uno de los extrarradios más lejanos de la ciudad. Necesitaba salir de casa a las seis en punto si quería llegar a su hora de entrada. Esto hacía que tuviera que levantarse a unas horas en las que la mayoría de la gente anda imbuida en sus sueños más profundos. Cada mañana repetía la misma rutina. Amanecía entre bostezos y tras una larga conversación con el despertador se animaba a recuperar la verticalidad apropiada de cada día. No llevaba muy bien lo de madrugar, y más desde que vivía sola. Llevaba dos meses sin compartir la cama, había dejado una relación de cuatro años por incompatibilidades imposibles de conciliar, así que tomo la vía rápida y dura, la de “hasta aquí hemos llegado”. Consideraba que era lo más sano y sincero que podía hacer. La cuestión es que al ver que no era la única que madrugaba tenía una sensación menos pesada, porque parecía que la resaca de sueño era compartida. Se solidarizaban el uno con el otro.
Ahora todo era muy distinto. Ya nadie le preparaba el desayuno con el café a su medida, en el que siempre exigía un punto exacto de temperatura y de azúcar. Lo mismo con la bollería. Cada día tenía que ser distinto si quería empezar con buen pie. De hecho, muchas veces se acostaba fantaseando con lo que tomaría al día siguiente. Era la mejor forma de arrancar con ilusión la mañana, el desayuno.
Aunque le llevaba su tiempo desayunar, una vez terminado el festín, era como una exhalación en ponerse la ropa de trabajo, maquillarse, peinarse y rociarse de perfume. Con algo más de diez minutos tenía suficiente para estar preparada.
Una vez en el tren le gustaba sentarse lo más cerca de la puerta del vagón, para poder sentir el aire fresco de la mañana al llegar a las estaciones. Lo asientos de la entrada no eran los más cómodos que había, pero si los que albergaban las mayores posibilidades de disfrutar de la vista de los pasajeros.
Las puertas se abrieron y empezaron a entrar en tropel multitud de pasajeros. Subían a la carrera, en busca de los pocos asientos disponibles que quedaban. Ella, por suerte, subía en la primera parada de la línea por lo que nunca tenía problema para poder sentarse.
Aquella joven se quedo junto a las puertas del vagón, a la distancia justa como para poder radiografiar su silueta al completo. Matilda no dejó de observarla. Quedó perpleja por su belleza. Una melena larga y sedosa, tenía un pelo joven, sano y frondoso. Su piel era tersa y parecía tener una textura y brillo que parecía recién horneada, como esos bollitos que tanto le gustaban para desayunar. La chica mostraba algo de inquietud, seguramente llegaría tarde a su destino y pegada a la puerta parecía apremiar la rapidez del tren. Todo lo que percibía de aquella joven le resultaba delicioso. No sólo a ella, los hombres que estaban a golpe de vista no cesaban de observarla, se convertía así, en una pieza de caza. Y ella sin darse cuenta, pensaba Matilda.
Hay que ver lo que es la vida, se decía así misma, acordándose de los años en los que la juventud y la belleza reinaban en su vida. No es que fuera muy mayor, pero si lo justo para que las arrugas y los defectos de la piel empezaran a hacer mella en su expresión. Su textura ya no era la misma que hacía diez años y la silueta se había transformado en algo en lo que no se veía identificada. Incluso hacía ya tiempo que evitaba los espejos, fuente de melancolía a su edad.
Aquella chica representaba ese momento de plenitud que tanto añoraba, en el que su sola presencia era suficiente para rendir el mundo a sus pies. Ahora hacían falta otra serie de talentos para mantener el interés de los desconocidos.
Para Matilda esto fue un golpe bajo, se quedó ensimismada entre sus pensamientos mientras miraba aquel cuerpo, le costaba encajar esta señal de la naturaleza, del cambio generacional que se hacía presente. Una llamada de atención para la que no estaba preparada y que le había pillado por sorpresa.
La seguridad que aquellas miradas le ofrecieron en su día, ahora estaban puestas en otras personas. La cruda realidad, con toda su verdad.
Las dudas se apoderaron de ella durante el tiempo que compartió el vagón con aquella chica. A lo mejor los defectos que veía en su pareja no eran tan graves como había pensado en un momento. Quizá podría haber sido más paciente y algo menos exigente. Puede incluso que sus puntos enfrentados no lo estuvieran tanto. Estos eran algunos de los pensamientos que pasaban velozmente por su cabeza.
Observando aquel joven y sugerente cuerpo se sentía vulnerable, lejos de poder competir en igualdad de condiciones.
Palidecía viendo como sacudía su melena de un lado a otro de su cuello, perfumando así las distancias cortas. Era toda una llamada de atención, una trampa para caer enredado en su juego de seducción.
En un momento Matilda decidió cambiar sus hábitos de comida, se terminaron esos desayunos tan calóricos. No podía ser, así no iba a ninguna parte si quería sentirse como aquella joven. Sin darse cuenta todos sus pensamientos eran presos de la belleza que la tenía cautiva. No sólo eso, su atención sólo estaba puesta ella.
-Mi parada. Sin darse apenas cuenta del tiempo transcurrido había llegado a su estación. Se levantó como una exhalación, le pilló por sorpresa así que tenía que moverse rápido, sin darle tiempo a echar una última mirada. Abstraída en su frenesí terminó por tropezar con una baldosa defectuosa del andén. Se abalanzó precipitadamente unos metros y terminó por caer al suelo. Una mano se prestó ayudarla a levantarse.
-Tranquila, deme la mano. ¿Se ha hecho daño? –Respondió una voz por encima suya. Un atractivo hombre le ayudó a levantarse. Sentía vergüenza por haber tropezado como si fuera una niña. Recogió sus cosas y le agradeció a aquel hombre que la ayudara a levantarse.
-No ha sido nada. ¿Le puedo invitar a tomar un café?
Por un momento se acordó de la joven que había visto en el tren. Miro fijamente a los ojos de aquel hombre y tomó una decisión rápida. –Me parece bien, quizá me haga falta un café para empezar el día con mejor pie.
Tomo su bolso, sonrió y siguieron su camino en busca de un café.

Seguimos de vacaciones, pero con un nuevo relato.

Las vacaciones tocan su fin, ya son menos los días que quedan por delante que los que dejamos atrás y por ello, aprovecho la ocasión para compartir con todos vosotros uno de los relatos inacabados que más tiempo llevan en “Historias de CINE”.

“Café París” por fin está terminado. Espero que os guste y haga volar vuestra imaginación durante  las últimas semanas estivales.

Para leer el relato pincha AQUÍ

Matilda

Matilda iba camino de su trabajo, como hacía cada mañana y para lo que se levantaba muy temprano. Vivía en uno de los extrarradios más lejanos de la ciudad. Necesitaba salir de casa a las seis en punto si quería llegar a su hora de entrada. Esto hacía que tuviera que levantarse a unas horas en las que la mayoría de la gente anda imbuida en sus sueños más profundos. Cada mañana repetía la misma rutina. Amanecía entre bostezos y tras una larga conversación con el despertador se animaba a recuperar la verticalidad apropiada de cada día. No llevaba muy bien lo de madrugar, y más desde que vivía sola. Llevaba dos meses sin compartir la cama, había dejado una relación de cuatro años por incompatibilidades imposibles de conciliar, así que tomo la vía rápida y dura, la de “hasta aquí hemos llegado”. Consideraba que era lo más sano y sincero que podía hacer. La cuestión es que al ver que no era la única que madrugaba tenía una sensación menos pesada, porque parecía que la resaca de sueño era compartida. Se solidarizaban el uno con el otro. Continue reading

La calle del Olvido.

Caía la noche sobre la ciudad, las luces de las farolas empezaban a iluminar el tránsito de personas que Andrés veía desde su ventana. Caminaban por la calle del olvido. Una calle extraña, porque ciertamente pasear por ella suponía un ejercicio de olvido. De olvido de los problemas, de los resentimientos, del rencor, de la ira y cualquiera que fuera el sentimiento negativo que pudieras albergar en tu interior.

La calle del Olvido era especial, sólo su nombre era sugerente de reflexión, pero es que realmente uno quedaba atrapado al pasar por ella. Era una de las calles de salida de la ciudad, de las pocas peatonales que quedaban porque el resto habían sido ampliadas a grandes avenidas transitadas por multitud de vehículos que se agrupaba en los nudos de entrada y salida de la ciudad. Solo había casas a uno de los lados de la calle, el que daba al este y que agrupaban grandes ventanales hacía el oeste, donde se podía contemplar al atardecer al culpable de aquel olvido, el incandescente sol fluyendo con suavidad sobre la mirada de aquel que quisiera observarlo. El lado oeste de la calle no tenía ninguna edificación, tras el asfalto de la calle sólo había naturaleza hasta donde la vista alcanzaba. Aquello estaba inundado de campos de trigo y más a lo lejos se podía adivinar un pequeño sendero por el rastro de abedules en fila sobre el terreno allanado. Lo mejor estaba al pasar la vista por encima de las copas de los árboles, la mirada llegaba a fundirse con las rocosas montañas que marcaban el límite de nuestra vista y cada tarde podías ver al sol caer detrás de aquella inmensidad. Te sentías como un bateador que hubiera golpeado la pelota fuera del campo en un partido importante. Te sentías como el amo del campo, el rey de la pista. La naturaleza te hacía sentir hermoso, feliz, seguro de ti mismo, un privilegiado por poder disfrutar del acto final del día.

- ¡Bola de partido! Grita uno en sus adentros mientras ve caer la gran bola naranja tras los límites del mundo. La calle del olvido era especial y Andrés lo sabía muy bien al llevar más de setenta años contemplando desde el gran ventanal de su casa aquel viejo camino de abedules. Pocas cosas podía olvidar ya Andrés. A las alturas de su vida sólo ansiaba recodar, rememorar los momentos felices de su vida. Los estragos del paso del tiempo habían hecho mella en sus recuerdos y cualquier cosa que pudiera recordar era suficiente para alegrarle la existencia y hacer más llevadero el día.

Le gustaba observar a los jóvenes pasar a toda velocidad con sus bicicletas, le hacía recordar sus años de juventud, aquellos en los que llegaba hasta las montañas que se veían a lo lejos. Todos los sábados al amanecer junto a sus amigos iba hasta un pequeño pueblo en la ladera de la montaña. Siempre recordó esos años con mucho cariño y más ahora que las articulaciones le estaban pasando la factura de los años de disfrute. Las rodillas eran un pesar continuo. Rehusó de operarse por miedo a que el resultado fuera peor de lo que ya tenía, además no se veía con unos implantes en su cuerpo, no lo aceptaba, quería llegar integro hasta el final. Continue reading

Vuelta a casa

Los primeros rayos de sol asomaban tras la infinita línea divisoria que separaba el cielo de la turgente agua del Mediterráneo. La humedad de la noche daba paso al calor de la luz y la brisa nocturna llegaba a su fin hasta la noche siguiente.

La quietud y soledad de la noche se extinguían ante el ajetreo que amainaba en el puerto. Los pequeños pesqueros volvían con su jornal cumplido, intentando llegar los primeros a la lonja para asegurar las ventas.

Stanley, acurrucado sobre sus piernas, con la mirada perdida en los fugaces farolillos de la noche concentraba su atención en los recuerdos, en los meses vividos en esta lejana tierra en la que nunca se sintió a gusto, de la que nunca pudo sentirse parte y de la que ahora partía. Continue reading

Una tarde en el jardín.

Con esa mirada triste y melancólica perdida en la inmensidad del vacío, se preguntaba Elisa si todo aquello no sería un mal sueño, quizá una pesadilla recurrente de esas que habita en nuestro interior y termina confundiéndonos, haciéndonos creer que los fantasmas de nuestra oscuridad están latentes en cada uno de nuestros pensamientos.
Un sueño, ojala hubiera sido todo un sueño. Elisa vivía una realidad muy dura, más de lo que cualquiera desearía para sentirse vivo.
Frente a ella, sentado en el jardín de su casa se encontraba Daniel, su primer y único hijo, que vivía encarcelado por su propio cuerpo, víctima de su propio destino. Una extraña enfermedad había postergado a Daniel a pasar el resto de su existencia unido a ese engendro mecánico que le mantenía enterrado en vida.
Con la ayuda de su madre podía colocarse en posición horizontal o sostenerse más cómodamente al igual que en un sillón. Un pequeño motor eléctrico hacía estas funciones y otras tantas mucho más vitales, como alimentar la bomba de oxígeno que hacía fluir el aire por sus pulmones, masajear a diario su cuerpo para evitar la atrofidad de sus músculos y también invertir presiones y temperaturas para luchar contra los eczemas cutáneos de la falta de movilidad.
Así estaba Daniel, unido a la vida por los iones de litio de una batería. Dentro de la crueldad de su supervivencia había algo que a Elisa le revolvía las entrañas cada vez que miraba a la cara a su hijo. Y es que, a pesar de la inmovilidad de su cuerpo y la atrofidad de sus músculos, su cara era de una belleza sublime.
Su rostro parecía recoger toda su alma en su interior. Sus facciones gozaban de un perfecto equilibrio, su nariz, sus labios rojizos y carnosos, el suave azul de sus ojos, los prominentes pómulos, una mandíbula bien definida y un cabello, sí, un cabello de corte perfecto que se deslizaba por su rostro hasta unirse con la línea de sus ojos. Era de un rubio castaño del que siempre daban ganas de acariciar, de meter las manos entre sus cabellos recogiéndolos hacia detrás.
Para Elisa suponía un tormento observar la belleza de su hijo. En ocasiones le vestía lo más elegante que podía, tomaba prestada la ropa de su marido y transformaba a su hijo en todo un caballero e imaginaba todo lo que podría haber sido, todo lo que podría haber conseguido.
A veces se sonreía e imaginaba conversaciones con Daniel. Conversaciones en la que él le decía que esa ropa no le gustaba. Quería camisetas de colores y pantalones bermudas. ¿Qué le habría gustado a su hijo? ¿Qué caminos habría tomado? Todo eran suposiciones y estas quedaban en su imaginación, porque nunca había tenido una conversación con su hijo.
Nunca podrá saber cuál es su plato de comida favorito, que camiseta es la de la buena suerte, cuál es el cajón donde guarda sus secretos más íntimos o si tiene algún sueño de futuro.
La hermosura de su rostro era aún más sugerente. ¿Cuántos corazones habría partido? –se preguntaba también. Fantaseaba con que su hijo traía a su novia a casa, que vivía furtivos y apasionados romances. Lo imaginaba en la Universidad, saltándose alguna clase para estar con la chica de sus sueños. También estaban las glorias deportivas, en las que por su altura era miembro del equipo de baloncesto de la facultad, donde ganaban partidos por su coraje y fortaleza.
Soñaba con que su hijo hubiera tenido la oportunidad de desafiar al destino y no que la suerte se hubiera adueñado de su fortuna. Que hubiera hecho locuras, que hubiera arriesgado su vida a lomos de una motocicleta maldita, que la infatigable rebeldía de su juventud hubiera tomado las riendas en mil experiencias al borde del abismo, pero nunca que un capricho divino decidiera por él.
Elisa tenía motivos para perder su mirada de aquel modo. Le habían robado la oportunidad de ver la vida a través de los ojos de su hijo. No había nada que pudiera calmar su desasosiego, el único refugio que tenía eran sus sueños. El sueño de otra vida mejor, de que Daniel gozara de la plenitud que le habían negado. Ojala hubiese podido regañarle alguna vez por unas malas notas, por no haber venido a casa a dormir sin avisar o incluso que hubiera sufrido un trágico accidente de coche que le hubiese fracturado mil huesos si más. Todo salvo lo que le había tocado vivir.
Se acordaba de Dios en alguna ocasión, aunque no para bien. Maldecía su nombre y todas sus formas. La poca fe que un día tuvo se desvaneció el día que le comunicaron el fatal destino de su hijo.
-¿y el futuro? Era más oscuro que el presente. Ella era lo único que tenía Daniel. Ella era quien revisaba el correcto funcionamiento del aparato que le mantenía en vida y quien le profesaba un amor más allá de la inutilidad de su cuerpo. ¿si con su amor pudiera cambiar algo? ¿si su sacrificio tuviera algún significado? –se preguntaba en repetidas ocasiones.
Sólo había una forma de conocer el desenlace de Daniel, pero claro, esta era una decisión muy dura para una madre. No podría soportar arrebatarle la vida a su hijo. Aunque lo deseaba, algo en su fuero interior se lo impedía, no perdía la esperanza y se negaba así misma que algún día no estaría ahí para cuidarle. Vivía como en un extraño bucle temporal del que pensaba que nunca saldría. Pero el tiempo, conforme a su vieja costumbre, pasaría e irreversiblemente dejaría a Daniel a merced ¿de qué? ¿de quién?
Así pasaban la tarde. Uno frente al otro en el jardín de casa. Ella con su té al limón, él tan guapo y elegante como su madre imaginaba, y ambos, sumidos en su inerte compañía.

Pedro y el pájaro.

Una mañana cualquiera, de un día cualquiera, el joven Pedrito volvía a su casa de manos de su madre. Como era habitual, llevaban cierta prisa ya que su madre tenía que darle de comer, llevarle de vuelta al colegio y estar antes de las cuatro en el trabajo. Pedrito solía despertar con facilidad y dejar la vista fija en el infinito mientras su mente vagaba libremente entre los recuerdos de ese día y su madre tiraba de él presa del tiempo, que apremiaba su llegada a casa.

Ese fue el instante en el que Pedrito vió a su pequeño pajarito en mitad de la ajetreada calle que transitaba junto a su madre. Pedrito quedó bloqueado como cuando le preguntaba la profesora por la tabla de multiplicar. Se detuvo en seco y soltó la mano de su madre. El pajarito que estaba en la calle era demasiado pequeño en comparación con otros de su especie. Parecía asustado y desvalido. A penas hacía algún movimiento o emitía sonido alguno. Pedrito se sintió invadido por un gran sentimiento paternalista con aquel pajarito, palpó el temor en sus pequeñpos ojitos negros. De repente lanzó un “pio, pio” al aire a lo que Pedrito respondió con una sonrisa. Sentía que debía hacer algo por el pobre e indefenso pajarito, pero no sabía como. Empezó a dar pequeños saltitos y a moverse con desorientación entre el barullo de la calle. Decenas de pies pasaban rozándole con el temor de ser aplastado en cualquier momento. A menos de un metro los coches rugían como fieros depredadores y asustaban al pobre pajarito con sus cláxones.
Pedrito estaba poniéndose muy triste porque veía que no podía hacer nada por él, que tendría que dejarlo allí mismo, a merced de aquel gentío.
En mitad de su desdicha su madre recobró su mano y tiró de él hacia delante –“vamos hijo, que tenemos prisa”.
Como un atómata siguió los paso de su madre dejando atrás a su pequeño amigo.
Al tomar la esquina unos metros más allá Pedrito descubrió un hermoso parque y se le ocurrió recoger al pajarito y dejarlo allí. Era probable que aquel fuera su hogar y su madre seguramente estaría revoloteando por allí. Volvió a soltar la mano de su madre y retrocedió sobre sus pasos en busca de su nuevo amigo.
Allí seguía en medio de aquel ir y venir de personas. Se agachó junto al joven pajarito, lo recogió del suelo y marchó corriendo al parque frente a la cara de incertidumbre de su madre, sorprendida por lo que estaba haciendo su hijo. Pedrito marchaba muy feliz, se sentía orgulloso de si mismo por lo que estaba haciendo. Era como los superhéroes que leía en los tebeos, estaba salvando de un destino fatal a un pobre animalito e iba a devolverlo a su hogar, a los árboles y jardines del parque, donde volvería a piar junto al resto de pajaritos.
Su madre comprendió lo que estaba haciendo y le acompañó a la entrada del parque. Una vez allí dejó al pajarito sobre el césped, lejos del infernal ruido de dos calles más allá. El pajarito parecía recuperar la vitalidad perdida, lo que reconfortaba a Pedrito ya que le hacía sentirse convencido de haber hecho lo correcto.
Su madre le dio un beso, le tomo la mano y continuaron su camino de regreso a casa. Pedrito y su madre se alejaron tras la verja de entrada al parque. En ese instante un viejo gato negro se abalanzaba sobre el joven amigo de Pedrito, devorando vilmente al indefenso pajarito, quedando unicamente unas pocas plumas grises en contraste con el intenso verde de aquel hermoso jardín.

Enjuto Mojamuto.

¿Qué puede hacer uno cuando está aburrido? Pues muy fácil, ponerse a escribir un guión para una de las breves intervenciones del héroe de Muchachada Nui, ese extravagante programa de humor absurdo que La 2 de RTVE nos brinda cada semana.

Aquí va mi propuesta:

LAS PESADILLAS DE MOJAMUTO

-Aparece Enjuto Mojamuto en la habitual escena frente al ordenador de su cuarto.

VOZ en OFF: Hombre, Enjuto…¿cuánto tiempo sin verte?

-un pequeño silencio, ante la falta de reacción de Enjuto.

VOZ en OFF: Pero Enjuto, ¿qué estás haciendo? ¿qué te pasa? ¿y esos sudores?

-Mojamuto se encuetra en shock, asustado, con los ojos como platos y la mirada perdida mientras balbucea suavemente.

ENJUTO: ¡eeee! tengo pesadillas. No puedo dormir por las noches.

VOZ en OFF: ¿y eso Enjuto?

ENJUTO: En ocasiones veo discos duros. Es que me he comprado uno de esos con Wi-fi y lo tengo conectado por toda la casa y creo que controla hasta mi mente.

VOZ en OFF: Pero Enjuto, eso es imposible, si sólo es una máquina. ¿no te estarás obsesionando? ¿y que era lo que soñabas?

ENJUTO: Que me formateaba por las noches. Clicaba en mis carpetas y no había nada. Todos mis capitulos de Perdidos se habían borrado. Ni mis MP3, las pelis guarras, los contactos del messenger…

VOZ en OFF: Pero tranquilizate si era solo una pesadilla.

ENJUTO: eeeeeeee….¿y tú? ¿quién eres tú?

VOZ en OFF: Soy yo Enjuto, la voz en off.

ENJUTO: Nooooooo…tu eres el disco duro…no por favor no me formatees…nooooo

-De repente Enjuto Mojamuto parece despertar de una pesadilla.

ENJUTO: ¿sabes? me he comprado un disco duro nuevo.

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Más allá de Agnull.

Triste y despojado de toda ilusión por la vida se encontraba Alaris, un joven muchacho que sentía que su lugar no estaba en Agnull. Aquel lugar no estaba hecho para él, era diferente al resto de sus habitantes, no compartía sus valores ni las esperanzas que todos ellos ponían en aquella tierra.
Agnull era una tierra de codicia, de alimañas dispuestas a conseguir todo aquello que deseaban a cualquier precio. En Agnull no había lugar para los débiles, nadie volvía la vista antes las injusticias y mucho menos para tender la mano en auxilio del más desfavorecido. Agnull era una carrera incesante hacía una meta rebosante de glorias y honores. Los valores de antaño a penas tenían cabida en este mundo. Agnull era gris y hostil hacía cualquiera que mostrara un ápice de compasión. Incluso la infancia, ese concepto que tantos siglos costó asimilar, era un vago recuerdo entre los aires pestilentes de la gran urbe. El único respeto que había era hacía el poder, el triunfo, la gloria de conseguir más bienes, más influencias, más poder, esa era la palabra que todos ansiaban, poder, el poder de gobernar todo aquello que les rodeaba.
Como un símil de su propio destino Agnull era una inmensa isla rodeada de un gran océano del que no se conocía fin, tan sólo un recóndito islote al sur de la isla donde regía una anarquía de renegados de Agnull. Un lugar olvidado por la codicia, donde sus habitantes disfrutaban el placer de detenerse a observar un bello amanecer, el cielo estrellado al llegar la noche o divagar sobre mil y una inquietudes que pasaban por sus mentes.
Alaris era un joven desprovisto de ese instinto competitivo tan usual en Agnull, vivía en el olvido de sus propios padres, centrados en su particular lucha por el poder y el reconocimiento, al igual que el resto, relegando a su hijo a breves conversaciones en las tardes de domingo, único momento que compartía la familia.
El resto del tiempo Alaris lo pasaba sentado frente al gran ventanal de su cuarto desde dónde podía observar los más bellos atardeceres de la isla. Su casa estaba en lo alto de una colina, en la zona más elevada al sur de la isla. Desde allí observaba el bullicio de la gran urbe, el inmenso gentío y el ir y venir de sus gentes. Amargura y desesperación era lo único que llegaba a sus sentidos. Alaris nunca se había sentido parte de este mundo, vivía con la incesante sensación de pertenecer a otro lugar, de formar parte de un sueño más humano que la despiadada Agnull donde cada cual era una pequeña hormiguita bien encajada en su lugar a la espera de una oportunidad para derrocar al resto. A ojos de Alaris todo ellos no eran más que ánimas errantes, perdidos en un mar sin fin, con ideales descabellados adheridos a sus entrañas como las lapas sobre las rocas de la playa.
El joven Alaris soñaba despierto cada tarde frente al ventanal de su cuarto, esperando encontrar alguna respuesta a todas las inquietudes que habitaban su interior.
Cada día que pasaba en Agnull hacía más insufrible su existencia y la apremiante madurez le hacía comprender más claramente que su lugar no estaba allí, debía volar lejos de esta tierra, lejos del ridículo mundo de codicia en el que estaba inmerso.

Una noche cualquiera, entre el mar de estrellas que Alaris observaba desde su cuarto, sus eternas súplicas empezarían a ser escuchadas.
A lo lejos, allá en el mar, en dirección al pequeño islote al sur de la isla, Alaris vio acercarse una luz. Cada minuto que pasaba su intensidad se hacía mayor. Esto sorprendió a Alaris, ya que no era una ruta marítima habitual y nunca antes había visto luces una vez entrada la oscuridad de la noche.
Tomo una rápida decisión y salió con exhalación hacía el encuentro de aquella luz.
A pesar de encontrarse frente al mar estaba en lo alto de la colina por lo que tardaría en llegar hasta la orilla del mar. Gracias al esfuerzo de su abuelo tenía a su disposición un camino, un tanto peligroso, pero que le llevaría hacía el mar, evitando así la sinuosa carretera valle abajo.
Alaris salió tan fugaz de su casa que olvidó incluso cerrar la puerta, tomó el abrupto camino que antaño hizo su abuelo y en menos tiempo del que pensaba se plantó en la pequeña cala desde la que esperaría la llegada de aquella luz.
Tras una dilatada espera por fin pudo discernir una pequeña barca de remos. Su sorpresa fue descubrir en su interior a una joven de belleza embriagadora, de largos cabellos rubios y mirada seductora. Sin mediar palabra quedó prendado de aquella joven.
El sentimiento parecía ser mutuo, ella tampoco reaccionaba, sólo miraba fijamente los grandes ojos de Alaris. Sobre la barca y sin saber que hacer, finalmente Alaris le tendió la mano para que bajara y tomara tierra.
La joven le agarró por el brazo, se acercó lo más que pudo a su torso y pronunció unas pocas palabras “debes ser lo que estaba buscando” y le abrazó intensamente en el silencio de la noche, bajo el único rumor del oleaje.

Alaris y su inesperada visita pasaron la noche en aquella cala, gracias a las provisiones que por fortuna guardaba entre las rocas para sus habituales peregrinajes en busca de si mismo.
Esa fue una noche que ninguno de los dos podría olvidar, pasaron las horas hablando, compartiendo inquietudes y descubriendo la multitud de cosas que tenían en común. El amor surgió entre ellos a la misma velocidad que la leña se quemaba en el fuego.
La joven se llamaba Élendil y entre los muchos secretos que esa noche compartió con Alaris estaba su historia, la historia por la que había llegado hasta Agnull.

Élendil le contó que venía de Dairún, la pequeña isla al sur de Agnull, donde todos aquellos renegados del sistema vivían al margen de normas y leyes, lejos del mal recuerdo que en ellos provocaba Agnull. Algunos eran hijos de la propia tierra mientras que la mayoría provenía de la gran isla. En Dairún las cosas eran muy diferentes, allí cada cual actuaba conforme a su conciencia y colaboraban con la comunidad con los conocimientos que en su día aprendieron en Agnull, salvo los nativos que solían diversificar su actividad en función de su apetencia.
En Dairún no existían conceptos como la avaricia, ni ese ansia de riqueza y poder que invadía las almas de los habitantes de Agnull. La armonía era la tónica en la vida de cada uno de los pobladores de la pequeña isla y el único ansia que sentían era el de cómo disfrutar lo más posible el tiempo de su vida.
Élendil le contó a Alaris que su padre era el médico de la isla, hasta que un día cayó enfermo y murió. Al no haber más médicos en la isla y ante el convencimiento absoluto de los pobladores de Dairún de no volver a Agnull, las enfermedades empezaron a hacer mella entre la escasa población de la isla.
La muerte de su padre y las crecientes enfermedades en la isla fueron el detonante que llevaron a Élendil a tomar una decisión, la decisión de abandonar Dairún.
Ella nunca se había sentido parte de su mundo, siempre tuvo la sensación de que habría algo más interesante que aquel peñasco en mitad del mar. Su naturaleza le pedía más mundo, descubrir nuevos lugares, escapar de la monotonía de su pequeña isla, de la parsimonia de sus habitantes y del mundo tan contemplativo en el que estaba inmersa.

Alaris quedó muy sorprendido y perplejo con la historia que estaba escuchando ya que precisamente el quería huír del mundo que Élendil parecía soñar con alcanzar.
Alaris le contó su situación y le explicó como era Agnull. Entonces un leve escalofrió invadió a ambos, parecía que la noche les engulliría en mitad de sus confesiones y todo terminaría ahí. En ese instante comprendieron lo difícil que sería encontrar un lugar en el mundo que satisficiera sus inquietudes, que diera respuesta a todas sus preguntas y que apaciguara la intranquilidad de sus almas para que por fin pudieran sentirse parte de algo.
Los dos provenían de mundos distintos, pero sus historias no eran lo que les hubiera gustado, escucharon el uno del otro lo último que hubieran deseado. Sus sueños se diluían con la brisa de la noche, él no encontraría el sosiego y la paz en el único lugar que existía más allá de Agnull y ella vería desorbitadas sus inquietudes en esta nueva tierra que pisaba por primera vez, una tierra dañina y cruel consigo misma.

Tras un largo silencio de meditación hicieron un pacto, un pacto por el que ambos se comprometieron a encontrar ese lugar soñado, esa tierra que estuviera en equilibrio entre sus dos mundos.
Al alba del día siguiente, sin dubitación en sus miradas, subieron a la barca y se adentraron en las aguas de aquel mar de fortuna, sin rumbo alguno. Ambos confiaban en que ese mismo destino que los había unido esa noche los llevaría a un nuevo mundo, un mundo desconocido, diferente de Agnull y Dairún dónde por fin encontrarían la paz interior que necesitaban.
El bote se perdió en el horizonte surcando las olas hasta perderse en el infinito océano, dejando a lo lejos la pequeña cala que les dio cobijo durante la noche y en busca de un sueño que nunca sabremos si encontrarían.

Desde entonces, se dice que cada vez que alguien se acerca a la costa queda prendado del espíritu de búsqueda de Alaris y Elendil. Su mirada se pierde en el horizonte y se impregna de una extraña sensación de sosiego y paz y a la vez de exploración de nuevos horizontes por descubrir y sólo aquellos que alcanzan el equilibrio entre todas esas emociones consiguen divisar en la distancia el bote en el que navegan Alaris y Elendil en busca de su destino.