La Gala de los Globos de Oro de este año tuvo varios momentos para recordar, como la mirada perdida de Viggo Mortensen que parecía no estar en si, la complicidad entre Clooney y Pitt y la broma del primero con la cojera de Pitt. También tenemos la falsa modestia de Meryl Streep que parecía sentirse muy sorprendida por el Globo de Oro, como si fuera la opción más remota. (Qué va Meryl, nosotros tampoco lo imaginábamos). Otro momento que no pudo ser fue ver si Ryan Gosling tenía algún otro recurso facial aparte de los que ya conocemos. Uno. Pero no pudo ser, no estuvo en la fiesta del cine. No podemos olvidarnos de Antonio Banderas recitando a Calderón de la Barca o a Ricky Gervais en sus innumerables gracias, así como de un realmente sorprendido Martin Scorsese tras recibir el premio al mejor director.

Ver recoger el Globo a Peter Dinklage por su papel del muy querido Tyrion Lannister y acordarse de su madre y el papel que juegan estas en nuestro sentido de la humildad no tiene comparación. Pero si de todos estos momento tuviera que quedarme con uno, sin duda lo haría del momento en que Thomas Langmann recoge el premio a mejor película dramática por “The Artist”, como productor de la cinta.

En ese momento se acuerda de aquel que en 1966 como mucho esfuerzo, trabajo y sacrifico consiguió terminar un corto que terminó ganando el Oscar, y que tuvo la mala fortuna de no disponer del dinero suficiente para poder viajar a EEUU a recoger el premio. Ese hombre, era su padre. Ahora él recogía el Globo de Oro a mejor película comedia/musical en los Globos de Oro y se lo ofrecía a su padre.

Sin duda, el momento más sincero y bello de toda la ceremonia.

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