La franquicia Will Smith es una de las más rentables del cine blockbuster de los últimos veranos. Un tipo simpático con una gracia innata, que muy pocos tienen, y gracias a series como “El principe de Bel-Air” y su exitosa carrera musical, ha conseguido ser el principal reclamo de taquilla en los films en los que aparace.

Pero en Hancock hemos tenido un pequeño desliz, el estreno no fue todo lo exitoso que Columbia prentendía y la formula de antihéroe de Hancock no parece haber surtido el efecto esperado. Por mi parte, puedo decir que me sentí bastante defraudado. El arranque no es nada espectacular, unas cuantas piruetas, efectos maluchos donde casi vemos el “cartoné” pero nada sorprendente que no hayamos visto en el trailer (que por cierto es lo mejor del film). Una vez asumido que la acción deja mucho que desear viene el momento “chistes graciosos”, donde salvo un “¿qué miráis hiiiiiijos de puuuuutaaaa?” poco más hay. Ni una sola carcajada. Todo chistes malos de segunda división. Eso si, lo único que te crees es lo demacrado que está caracterizado Will Smith, porque jamás pensarías que sería capaz de hacer chistes tan malos. Llegado este punto de desesperación, donde ya empiezas a ver la hora en la que todo termine, la historia pega un giro hacia el drama, entrando en lo más inverosimil de un título de estas características pero resultando ser lo más gustoso visto lo visto.

De todas formas, apesar de la metáfora pseudoreligiosa y de la belleza inigualable de Charlize Theron, no volvería a ver esta película. Lo peor de todo es que Hollywood no desistirá en su empeño por hacer películas malas como esta. ¿Razón?, muy simple: en tan sólo 15 días desde su estreno mundial ya han recaudado más del doble de lo que costó la película. ¿Alguien sería tan estúpido de no volver a hacer otra película igual?.

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