Caía la noche sobre la ciudad, las luces de las farolas empezaban a iluminar el tránsito de personas que Andrés veía desde su ventana. Caminaban por la calle del olvido. Una calle extraña, porque ciertamente pasear por ella suponía un ejercicio de olvido. De olvido de los problemas, de los resentimientos, del rencor, de la ira y cualquiera que fuera el sentimiento negativo que pudieras albergar en tu interior.

La calle del Olvido era especial, sólo su nombre era sugerente de reflexión, pero es que realmente uno quedaba atrapado al pasar por ella. Era una de las calles de salida de la ciudad, de las pocas peatonales que quedaban porque el resto habían sido ampliadas a grandes avenidas transitadas por multitud de vehículos que se agrupaba en los nudos de entrada y salida de la ciudad. Solo había casas a uno de los lados de la calle, el que daba al este y que agrupaban grandes ventanales hacía el oeste, donde se podía contemplar al atardecer al culpable de aquel olvido, el incandescente sol fluyendo con suavidad sobre la mirada de aquel que quisiera observarlo. El lado oeste de la calle no tenía ninguna edificación, tras el asfalto de la calle sólo había naturaleza hasta donde la vista alcanzaba. Aquello estaba inundado de campos de trigo y más a lo lejos se podía adivinar un pequeño sendero por el rastro de abedules en fila sobre el terreno allanado. Lo mejor estaba al pasar la vista por encima de las copas de los árboles, la mirada llegaba a fundirse con las rocosas montañas que marcaban el límite de nuestra vista y cada tarde podías ver al sol caer detrás de aquella inmensidad. Te sentías como un bateador que hubiera golpeado la pelota fuera del campo en un partido importante. Te sentías como el amo del campo, el rey de la pista. La naturaleza te hacía sentir hermoso, feliz, seguro de ti mismo, un privilegiado por poder disfrutar del acto final del día.

– ¡Bola de partido! Grita uno en sus adentros mientras ve caer la gran bola naranja tras los límites del mundo. La calle del olvido era especial y Andrés lo sabía muy bien al llevar más de setenta años contemplando desde el gran ventanal de su casa aquel viejo camino de abedules. Pocas cosas podía olvidar ya Andrés. A las alturas de su vida sólo ansiaba recodar, rememorar los momentos felices de su vida. Los estragos del paso del tiempo habían hecho mella en sus recuerdos y cualquier cosa que pudiera recordar era suficiente para alegrarle la existencia y hacer más llevadero el día.

Le gustaba observar a los jóvenes pasar a toda velocidad con sus bicicletas, le hacía recordar sus años de juventud, aquellos en los que llegaba hasta las montañas que se veían a lo lejos. Todos los sábados al amanecer junto a sus amigos iba hasta un pequeño pueblo en la ladera de la montaña. Siempre recordó esos años con mucho cariño y más ahora que las articulaciones le estaban pasando la factura de los años de disfrute. Las rodillas eran un pesar continuo. Rehusó de operarse por miedo a que el resultado fuera peor de lo que ya tenía, además no se veía con unos implantes en su cuerpo, no lo aceptaba, quería llegar integro hasta el final.

Andrés agotaba sus días frente a la calle del olvido, como una metáfora de su propia vida, que pronto quedaría extinguida, y de la que un poco más tarde ya nadie recordaría nada, como si nunca hubiera habitado este planeta. Todo se reduciría a eso, al olvido. Cada mañana al despertar le gustaba hacerse un te rojo con miel y sentarse junto al ventanal para contemplar la vida que había fuera. La calle estaba vacía pero con los primeros rayos empezaban a circular los coches, a transitar las madres con sus hijos camino del colegio y los gorriones a revolotear entre los trigales. De vez en cuando se dejaba ver alguna pequeña liebre e incluso codornices, aunque estas eran las que menos, su presencia era muy ocasional. Andrés acariciaba los últimos momentos de su vida y le gustaba aferrarse a la sensación que esta calle le ofrecía. Frente a la cristalera de su hogar saboreaba cada uno de los viejos recuerdos que todavía luchaban por hacerse un hueco en su conciencia. Al fin y al cabo la vida son recuerdos. Somos pasado y nuestro presente se nutre de aquello que ocupa nuestra mente, bien los sueños de futuro o bien los recuerdos que nos hacen sentir especiales, únicos. Los mismos que dan sentido a todo lo que somos, los que nos dan identidad, los que desvelan nuestras entrañas y nos proporcionan la felicidad para seguir adelante, con la ilusión de rememorar lo vivido. La vida, son recuerdos.

Y así pasaba Andrés las horas, observando lentamente el transcurrir del tiempo. Echaba de menos a Luisa, su fiel compañera durante tantos años, la persona que compartió con él las mayores de sus aventuras y fue su gran confidente, el amor de toda una vida. Pocas cosas le quedaban por experimentar, las fuerzas le daban para poco más que disfrutar de la vista, uno de los grandes placeres de la vida. No había más que aquella calle para atarle a la vida. Las ilusiones venideras ya no eran de este mundo, vivía sumido en los recuerdos y en fantasear con las vidas anónimas que trascurrían frente a su ventana. Solía imaginar que aquellas personas eran sus hijos, sus amantes, sus padres…fantaseaba con las vidas ajeas e interpretaba todos aquellos papeles. Le hacían sentir bien, viajaba con su imaginación y vivía innumerables historias junto a cada una de esas personas. A veces se complicaba tanto que dejaba a medias su fantasía. Otras veces sin embargo, se dedicaba a pensar que sería de sus cosas, donde terminarían, si alguien las querría o simplemente acabarían en un basurero. Toda una vida de recuerdos anquilosados en cajas, como únicos testigos fugaces de una vida. Ahí estaba Andrés, documentado en cada uno de esos recuerdos físicos que ocupaban su casa. Pronto desaparecerían sin dejar rastro. No quedarían testigos de su existencia. Una efímera alma más que despuebla este planeta. Así se sentía Andrés en la soledad de su vida. Desde que perdió a Luisa su único mundo habían sido esos campos de trigo frente a su casa. No tenía ilusión por seguir adelante. Los primeros tropiezos en el baño le hacían comprender que no tardaría mucho en abandonar la independencia tras el umbral de la puerta de su casa. Él, conforme acostumbraba, esperaría tranquilamente a que llegara ese momento. Saboreaba el dulce aroma de la miel y las hojas deshidratadas del te. Daba pequeños sorbos como si dispusiera de todo el tiempo del mundo para ese te. Andrés seguiría allí, sumido en la soledad que sólo la edad sabía suministrar en grandes dosis. Una soledad que a veces se terciaba muy cruel. Terminaba el verano, terminaban los juegos en la calle y el frío pronto acapararía la atención de esas madres que hoy dejaban corretear libremente a sus hijos por el Olvido. La vida se tomaría un descanso hasta la primavera siguiente y Andrés, conforme a su rutina, esperaría con calma ese momento, en un ejercicio de olvido por el tiempo perdido.

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