Hace poco tuve la oportunidad de leer una entrevista a James Cameron, como ya sabéis, director de Avatar, “la gran pelí del año”. Y en ella hacía un ejercicio de autoconfirmación de las motivaciones que le han llevado hasta este punto. Todo arranca en su infancia, en la que ya estaba obsesionado por la ciencia-ficción (sólo hay que ver su filmografía, “Alien”, “Abyss”, “Termintor”). En aquellos años pasaba las horas enfrascados en novelas del género. Afirma que podía leer una cada dos días, incluso si le gustaba mucho no hacía otra cosa durante el día, en mitad de clase se sacaba el libro entre los apuntes y hala, a leer. Creció entre las novelas de Arthur C. Clarke, A.E. van Vogt, Harlan Ellison y Larry Niven. Pero lo mejor estaba por venir. El día que descubrió en una sala de cine “2001: Una Odisea del Espacio” se enamoró de Kubrick  y su arte, llegando a obsesionarse con aquellos efectos especiales que llegaban a marearle y que le valieron el Oscar a los mejores efectos visuales. Pasó el tiempo, Cameron creció y tras su paso por la carrera de física y bellas artes (curiosa mezcla) terminó dedicándose a esto del cine.  Tras convertirse en el rey del mundo con “Titanic” vio más cerca la posibilidad que siempre había soñado, viajar al espacio y ser el primero en rodar allí. En el año 2000 empezó a entrenar con los rusos (viejos colaboradores en Titanic) y su nave Soyuz, para salir al espacio en su nueva aventura. Los sucesos del 11-S cancelaron la expedición y aunque siguió vinculado como asesor en la NASA, pasó a producir un par de series ambientadas en Marte. Pero esto, tratándose de alguien como Jim (como le llaman en su circulo más cercano) sabe a poco.

Y así llegó “Avatar”. Todo comienza en 1994 cuando Cameron se sentó a escribir el guión de esta historia que partió de un presupuesto de 75 millones de dólares para pasar a la imposible suma de 400 millones de dólares. La tecnología no daba de sí como para plasmar las inquietudes de Cameron. Todo surgió de una llamada del gran maestro Stanley Kubrick, que le llamó para que le explicara como había hecho ciertos efectos de “Mentiras Arriesgadas”. Cameron, que no cabía en si de gozo, tomó un avión se plantó en la casa londinense de Kubrick para ver juntos la cinta. Después de este día nacieron las 80 páginas del guión de “Avatar”, antigua palabra hindú para referirse a la encarnación de un ser divino.

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