Triste y despojado de toda ilusión por la vida se encontraba Alaris, un joven muchacho que sentía que su lugar no estaba en Agnull. Aquel lugar no estaba hecho para él, era diferente al resto de sus habitantes, no compartía sus valores ni las esperanzas que todos ellos ponían en aquella tierra.
Agnull era una tierra de codicia, de alimañas dispuestas a conseguir todo aquello que deseaban a cualquier precio. En Agnull no había lugar para los débiles, nadie volvía la vista antes las injusticias y mucho menos para tender la mano en auxilio del más desfavorecido. Agnull era una carrera incesante hacía una meta rebosante de glorias y honores. Los valores de antaño a penas tenían cabida en este mundo. Agnull era gris y hostil hacía cualquiera que mostrara un ápice de compasión. Incluso la infancia, ese concepto que tantos siglos costó asimilar, era un vago recuerdo entre los aires pestilentes de la gran urbe. El único respeto que había era hacía el poder, el triunfo, la gloria de conseguir más bienes, más influencias, más poder, esa era la palabra que todos ansiaban, poder, el poder de gobernar todo aquello que les rodeaba.
Como un símil de su propio destino Agnull era una inmensa isla rodeada de un gran océano del que no se conocía fin, tan sólo un recóndito islote al sur de la isla donde regía una anarquía de renegados de Agnull. Un lugar olvidado por la codicia, donde sus habitantes disfrutaban el placer de detenerse a observar un bello amanecer, el cielo estrellado al llegar la noche o divagar sobre mil y una inquietudes que pasaban por sus mentes.
Alaris era un joven desprovisto de ese instinto competitivo tan usual en Agnull, vivía en el olvido de sus propios padres, centrados en su particular lucha por el poder y el reconocimiento, al igual que el resto, relegando a su hijo a breves conversaciones en las tardes de domingo, único momento que compartía la familia.
El resto del tiempo Alaris lo pasaba sentado frente al gran ventanal de su cuarto desde dónde podía observar los más bellos atardeceres de la isla. Su casa estaba en lo alto de una colina, en la zona más elevada al sur de la isla. Desde allí observaba el bullicio de la gran urbe, el inmenso gentío y el ir y venir de sus gentes. Amargura y desesperación era lo único que llegaba a sus sentidos. Alaris nunca se había sentido parte de este mundo, vivía con la incesante sensación de pertenecer a otro lugar, de formar parte de un sueño más humano que la despiadada Agnull donde cada cual era una pequeña hormiguita bien encajada en su lugar a la espera de una oportunidad para derrocar al resto. A ojos de Alaris todo ellos no eran más que ánimas errantes, perdidos en un mar sin fin, con ideales descabellados adheridos a sus entrañas como las lapas sobre las rocas de la playa.
El joven Alaris soñaba despierto cada tarde frente al ventanal de su cuarto, esperando encontrar alguna respuesta a todas las inquietudes que habitaban su interior.
Cada día que pasaba en Agnull hacía más insufrible su existencia y la apremiante madurez le hacía comprender más claramente que su lugar no estaba allí, debía volar lejos de esta tierra, lejos del ridículo mundo de codicia en el que estaba inmerso.

Una noche cualquiera, entre el mar de estrellas que Alaris observaba desde su cuarto, sus eternas súplicas empezarían a ser escuchadas.
A lo lejos, allá en el mar, en dirección al pequeño islote al sur de la isla, Alaris vio acercarse una luz. Cada minuto que pasaba su intensidad se hacía mayor. Esto sorprendió a Alaris, ya que no era una ruta marítima habitual y nunca antes había visto luces una vez entrada la oscuridad de la noche.
Tomo una rápida decisión y salió con exhalación hacía el encuentro de aquella luz.
A pesar de encontrarse frente al mar estaba en lo alto de la colina por lo que tardaría en llegar hasta la orilla del mar. Gracias al esfuerzo de su abuelo tenía a su disposición un camino, un tanto peligroso, pero que le llevaría hacía el mar, evitando así la sinuosa carretera valle abajo.
Alaris salió tan fugaz de su casa que olvidó incluso cerrar la puerta, tomó el abrupto camino que antaño hizo su abuelo y en menos tiempo del que pensaba se plantó en la pequeña cala desde la que esperaría la llegada de aquella luz.
Tras una dilatada espera por fin pudo discernir una pequeña barca de remos. Su sorpresa fue descubrir en su interior a una joven de belleza embriagadora, de largos cabellos rubios y mirada seductora. Sin mediar palabra quedó prendado de aquella joven.
El sentimiento parecía ser mutuo, ella tampoco reaccionaba, sólo miraba fijamente los grandes ojos de Alaris. Sobre la barca y sin saber que hacer, finalmente Alaris le tendió la mano para que bajara y tomara tierra.
La joven le agarró por el brazo, se acercó lo más que pudo a su torso y pronunció unas pocas palabras “debes ser lo que estaba buscando” y le abrazó intensamente en el silencio de la noche, bajo el único rumor del oleaje.

Alaris y su inesperada visita pasaron la noche en aquella cala, gracias a las provisiones que por fortuna guardaba entre las rocas para sus habituales peregrinajes en busca de si mismo.
Esa fue una noche que ninguno de los dos podría olvidar, pasaron las horas hablando, compartiendo inquietudes y descubriendo la multitud de cosas que tenían en común. El amor surgió entre ellos a la misma velocidad que la leña se quemaba en el fuego.
La joven se llamaba Élendil y entre los muchos secretos que esa noche compartió con Alaris estaba su historia, la historia por la que había llegado hasta Agnull.

Élendil le contó que venía de Dairún, la pequeña isla al sur de Agnull, donde todos aquellos renegados del sistema vivían al margen de normas y leyes, lejos del mal recuerdo que en ellos provocaba Agnull. Algunos eran hijos de la propia tierra mientras que la mayoría provenía de la gran isla. En Dairún las cosas eran muy diferentes, allí cada cual actuaba conforme a su conciencia y colaboraban con la comunidad con los conocimientos que en su día aprendieron en Agnull, salvo los nativos que solían diversificar su actividad en función de su apetencia.
En Dairún no existían conceptos como la avaricia, ni ese ansia de riqueza y poder que invadía las almas de los habitantes de Agnull. La armonía era la tónica en la vida de cada uno de los pobladores de la pequeña isla y el único ansia que sentían era el de cómo disfrutar lo más posible el tiempo de su vida.
Élendil le contó a Alaris que su padre era el médico de la isla, hasta que un día cayó enfermo y murió. Al no haber más médicos en la isla y ante el convencimiento absoluto de los pobladores de Dairún de no volver a Agnull, las enfermedades empezaron a hacer mella entre la escasa población de la isla.
La muerte de su padre y las crecientes enfermedades en la isla fueron el detonante que llevaron a Élendil a tomar una decisión, la decisión de abandonar Dairún.
Ella nunca se había sentido parte de su mundo, siempre tuvo la sensación de que habría algo más interesante que aquel peñasco en mitad del mar. Su naturaleza le pedía más mundo, descubrir nuevos lugares, escapar de la monotonía de su pequeña isla, de la parsimonia de sus habitantes y del mundo tan contemplativo en el que estaba inmersa.

Alaris quedó muy sorprendido y perplejo con la historia que estaba escuchando ya que precisamente el quería huír del mundo que Élendil parecía soñar con alcanzar.
Alaris le contó su situación y le explicó como era Agnull. Entonces un leve escalofrió invadió a ambos, parecía que la noche les engulliría en mitad de sus confesiones y todo terminaría ahí. En ese instante comprendieron lo difícil que sería encontrar un lugar en el mundo que satisficiera sus inquietudes, que diera respuesta a todas sus preguntas y que apaciguara la intranquilidad de sus almas para que por fin pudieran sentirse parte de algo.
Los dos provenían de mundos distintos, pero sus historias no eran lo que les hubiera gustado, escucharon el uno del otro lo último que hubieran deseado. Sus sueños se diluían con la brisa de la noche, él no encontraría el sosiego y la paz en el único lugar que existía más allá de Agnull y ella vería desorbitadas sus inquietudes en esta nueva tierra que pisaba por primera vez, una tierra dañina y cruel consigo misma.

Tras un largo silencio de meditación hicieron un pacto, un pacto por el que ambos se comprometieron a encontrar ese lugar soñado, esa tierra que estuviera en equilibrio entre sus dos mundos.
Al alba del día siguiente, sin dubitación en sus miradas, subieron a la barca y se adentraron en las aguas de aquel mar de fortuna, sin rumbo alguno. Ambos confiaban en que ese mismo destino que los había unido esa noche los llevaría a un nuevo mundo, un mundo desconocido, diferente de Agnull y Dairún dónde por fin encontrarían la paz interior que necesitaban.
El bote se perdió en el horizonte surcando las olas hasta perderse en el infinito océano, dejando a lo lejos la pequeña cala que les dio cobijo durante la noche y en busca de un sueño que nunca sabremos si encontrarían.

Desde entonces, se dice que cada vez que alguien se acerca a la costa queda prendado del espíritu de búsqueda de Alaris y Elendil. Su mirada se pierde en el horizonte y se impregna de una extraña sensación de sosiego y paz y a la vez de exploración de nuevos horizontes por descubrir y sólo aquellos que alcanzan el equilibrio entre todas esas emociones consiguen divisar en la distancia el bote en el que navegan Alaris y Elendil en busca de su destino.

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5 Responses

  1. Depredador

    Me parece fantástica tu historia. Aprovecha esa imaginación y creatividad que muestras, de manera que con el paso del tiempo pueda traducirse en algo concreto y todos reconozcan tu trabajo y tu valía.
    Cree en ti y si ves que puedes, hazlo.
    Sigue trabajando en ella y guionízala a tu ritmo, sin prisa pero sin pausa.
    Algún día te lo reconocerán.

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  2. Miriam

    Alucinanteee!!! Dios mio como puedes tener ese don….!! MUY BONITOOO…
    Imagino que tu la ispiración no solo te vino del mar, si no del amor, del desamor, del dolor………

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