Al igual que ha ocurrido con George Clooney en “Los Descendientes”, el papel de Brad Pitt en “Moneyball” resulta humilde pero contundente. Representa muy bien la imagen de ese manager de equipo de beisbol que se maneja entre la intuición, la experiencia y esa especie de fe que cada uno de nosotros suele tener en algo más allá de los sentidos que hará posible todo lo que deseemos, pero que a la vez, al haber sufrido en primera persona la cruda realidad, aquella que no se rige por supersticiones y que muchas veces viene a decirnos que solo la lógica y la ciencia puede acercarse ligeramente a darle sentido a todo, tiene el futuro de su equipo divido en dos opciones entre su corazón y su cabeza.

Partiendo de esta base, nos enfrentamos a una bella historia de confianza en un objetivo, en la fuerza de la razón frente a la superstición, y de la que podemos sacar la conclusión de que es de sabios no cometer el mismo error. (Algo que me recuerda al final de “Pactar con el diablo”, en el que Keanu Reeves, pese a tener esa segunda oportunidad, vuelve a sucumbir ante la misma tentación). Otra gran lección, y quizá la más importante que nos podemos llevar de esta historia, es que siempre los triunfadores y aquellos que rompes barreras se tienen que enfrentar a todos los elementos, especialmente la desconfianza de aquellos que no pudieron hacer lo que ahora pretenden, o aquellos que bajo el conservadurismo que les trata bien niegan cualquier tipo de cambio que pueda hacerles caer de su privilegiada situación.(Qué también me recuerda a la charla que Will Smith le da a su hijo en “La búsqueda de la felicidad”).

“Moneyball” nos brinda la oportunidad de ver a un Brad Pitt más maduro, en un papel sereno en el que los silencios juegan su baza y en donde la compañía de Jonah Hill en el papel de Peter Brand pone la chispa apropiada para esos giros guionísticos que tan bien sabe hacer Aaron Sorkin.

 Sinopsis de la película

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