Una mañana cualquiera, de un día cualquiera, el joven Pedrito volvía a su casa de manos de su madre. Como era habitual, llevaban cierta prisa ya que su madre tenía que darle de comer, llevarle de vuelta al colegio y estar antes de las cuatro en el trabajo. Pedrito solía despertar con facilidad y dejar la vista fija en el infinito mientras su mente vagaba libremente entre los recuerdos de ese día y su madre tiraba de él presa del tiempo, que apremiaba su llegada a casa.

Ese fue el instante en el que Pedrito vió a su pequeño pajarito en mitad de la ajetreada calle que transitaba junto a su madre. Pedrito quedó bloqueado como cuando le preguntaba la profesora por la tabla de multiplicar. Se detuvo en seco y soltó la mano de su madre. El pajarito que estaba en la calle era demasiado pequeño en comparación con otros de su especie. Parecía asustado y desvalido. A penas hacía algún movimiento o emitía sonido alguno. Pedrito se sintió invadido por un gran sentimiento paternalista con aquel pajarito, palpó el temor en sus pequeñpos ojitos negros. De repente lanzó un “pio, pio” al aire a lo que Pedrito respondió con una sonrisa. Sentía que debía hacer algo por el pobre e indefenso pajarito, pero no sabía como. Empezó a dar pequeños saltitos y a moverse con desorientación entre el barullo de la calle. Decenas de pies pasaban rozándole con el temor de ser aplastado en cualquier momento. A menos de un metro los coches rugían como fieros depredadores y asustaban al pobre pajarito con sus cláxones.
Pedrito estaba poniéndose muy triste porque veía que no podía hacer nada por él, que tendría que dejarlo allí mismo, a merced de aquel gentío.
En mitad de su desdicha su madre recobró su mano y tiró de él hacia delante –“vamos hijo, que tenemos prisa”.
Como un atómata siguió los paso de su madre dejando atrás a su pequeño amigo.
Al tomar la esquina unos metros más allá Pedrito descubrió un hermoso parque y se le ocurrió recoger al pajarito y dejarlo allí. Era probable que aquel fuera su hogar y su madre seguramente estaría revoloteando por allí. Volvió a soltar la mano de su madre y retrocedió sobre sus pasos en busca de su nuevo amigo.
Allí seguía en medio de aquel ir y venir de personas. Se agachó junto al joven pajarito, lo recogió del suelo y marchó corriendo al parque frente a la cara de incertidumbre de su madre, sorprendida por lo que estaba haciendo su hijo. Pedrito marchaba muy feliz, se sentía orgulloso de si mismo por lo que estaba haciendo. Era como los superhéroes que leía en los tebeos, estaba salvando de un destino fatal a un pobre animalito e iba a devolverlo a su hogar, a los árboles y jardines del parque, donde volvería a piar junto al resto de pajaritos.
Su madre comprendió lo que estaba haciendo y le acompañó a la entrada del parque. Una vez allí dejó al pajarito sobre el césped, lejos del infernal ruido de dos calles más allá. El pajarito parecía recuperar la vitalidad perdida, lo que reconfortaba a Pedrito ya que le hacía sentirse convencido de haber hecho lo correcto.
Su madre le dio un beso, le tomo la mano y continuaron su camino de regreso a casa. Pedrito y su madre se alejaron tras la verja de entrada al parque. En ese instante un viejo gato negro se abalanzaba sobre el joven amigo de Pedrito, devorando vilmente al indefenso pajarito, quedando unicamente unas pocas plumas grises en contraste con el intenso verde de aquel hermoso jardín.

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3 Responses

  1. MARIPILI

    Si algún día haces un cortometraje con este relato cuenta con mi gato.

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  2. DEPREDADOR

    MARIPILI, SI LLAMAN A TU GATO PARA EL CORTOMETRAJE, NO OLVIDES AVISARME, QUE LE VOY A PRESENTAR A PEDRO, MI PRESA CANARIO.

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