Café París
-5:30 de la mañana. ¡Puf! y mañana a trabajar -pensé.
Allí estaba sentado como casi todos los jueves, en aquella mesa que tanto me gustaba del café París. La misma que me hacía estar esperando más de veinte minutos para poder tomar asiento. Las manías eran una tónica en mi vida y esta mesa estaba entre mis preferidas, vamos, en el “top ten” de mis estupideces. Porque consciente, lo que se dice consciente, lo era, sabía que todo esto no hacía más que traerme problemas e inconvenientes, pero me sentía feliz y estaba a gusto con mis manías. Aquel sitio era excepcional. Mi mesa, porque se puede decir que era mía, estaba en el mejor sitio del Café París. Situada en el extremo más alejado de la terraza, lejos del humo del interior y del bullicio de toda aquella gente, pero con el ruido suficiente como para notar el calor de aquel lugar y sentirse en familia. Lo que más me gustaba de aquella mesa es que justo desde ese sitio tenía una vista privilegiada porque a través de la ventana más cercana tenía en perspectiva a María, una joven cantante de jazz que amenizaba las noches de los jueves con su banda los “Blue Moon”. Me quedaba las horas embobado, escuchando su dulce melodía y viendo como se movía y se dirigía al público a través de aquella ventana. Por lo demás, qué puedo decir, era maravilloso pasar el tiempo allí sentado. Tenía ante mis ojos la zona más bonita de la calle del Marqués, repleta de terrazas y farolillos de mil colores. Disfrutaba observando a aquellas personas e imaginaba la multitud de historias que tendrían para contar. La vista se perdía en el infinito frente a aquellos farolillos tan alegres. Era una calle estrecha, empedrada, de edificios de poca altura y cada uno pintado de un color diferente, dándole personalidad propia a cada metro de la calle.
-Caballero, lo siento pero cerramos en diez minutos -me dijo el camarero.
-Tranquilo me voy enseguida -le contesté. Pero si pudiera me quedaría toda la noche.
Este lugar era mágico, y ver cómo a medida que la noche avanzaba todo se iba quedando desierto era una de sus exquisiteces. Allí estaba yo con mi última copa, escuchando cómo el ruido del gentío daba paso a la más tranquila soledad. El jazz dio paso al rechinar de las sillas y las mesas, y apenas quedaba un alma recorriendo las calles a esas horas. Tan sólo algún borracho iba zarandeándose por allí.
Mientras recogían las mesas del Café París, yo me aferraba a la mía. Intentaba alargar el último trago mientras me afligía pensado que todo aquello terminaba hasta el próximo jueves.
-Vamos María, daos prisa que quiero cerrar ya, mañana será otro día muy complicado y no tengo tiempo para vuestros juegos -le dijo el responsable de mesa del Café a la joven María, que bromeaba al final de su noche de actuación junto a sus compañeros del grupo.
-Sí Juan Carlos, ya nos vamos y deja a María en paz, que bien merecido tiene este momento de descanso -le replicó Sebastián, saxofonista de los “Blue Moon”, que vivía enamorado de María y que aunque había tenido algún que otro encuentro amoroso con ella, nunca hubo una relación seria entre ambos. Sebastián suspiraba por ella cada noche al oírla cantar y soñaba con que algún día su amor se viera reflejado y correspondido por María, pero la historia de su vida no parecía que fuera a ser ésta.
María era una joven muy independiente que nunca había creído en el amor, en parte porque la relación de sus padres terminó muy mal. Vivió su infancia viendo como dos personas que se suponía que se amaban, no lo hacían. Nunca se creyó aquello de que había nacido del amor de sus padres, algo que siempre la causo contradicción y amargura. Por otra parte, la clase de hombres que se le acercaban cada noche no eran especialmente lo mejor de su especie. La noche siempre había venido para ella llena de soledad y enfrentada a un mundo hostil dónde solía sentirse presa de maníacos obsesos que sólo buscaban la belleza de su cuerpo. Por ello la música era su refugio especial, a través de ella canalizaba sus temores y pesares, con la música sentía la fuerza suficiente para enfrentarse a aquellas hienas salvajes, saciadas de alcohol, con ojos humeantes y a los que con su dulce melodía encandilaba.
La verdad era que María causaba un efecto especial en los hombres, porque la clientela del Café París era muy distinguida y educada, pero los jueves, cuando los “Blue Moon” aparecían en escena, aquello se convertía en un foro de máxima concentración donde todo tipo de seres se reunían al son de aquella voz celestial en combinación armoniosa con unas curvas de gran mujer.
Sebastián era consciente del efecto que María provocaba sobre el resto del mundo, y también sabía que ella nunca se comprometería con nadie, porque para ella nada era eterno, sólo vivía el momento y él, afligido ante las circunstancias, se conformaba con recordar aquellas aventuras vividas junto a ella, en los inicio de la banda, cuando la excitación por su creciente éxito era compartida por todos, y el deseo y el amor entrelazaban sus finas capas confundiendo los sentimientos de ambos.
Sebastián vivía por siempre en el pasado, su cara reflejaba el ayer y para María sólo existía el presente, no había nada más excepto el momento.
Apenas quedaban dos mesas por recoger, sin contar con la que yo ocupaba. No me decidía a levantarme, quería aprovechar hasta el último instante, sentir cómo el calor del gentío se evaporaba hacia el cielo estrellado y cómo aquella noche pasaba al olvido siendo una más.
Venga, me dije a mi mismo. Vámonos a casa por el camino empedrado. Me levanté, recogí la nota del camarero y me la guardé en el bolsillo. Era otra de mis manías, quería conservar de algún modo cada una de esas noches del Café París y llevando conmigo esos papeles conservaba parte de aquello para siempre.
Me puse mi chaqueta de tweed, levanté la mirada al frente y entonces ocurrió algo único e inesperado para mí.
María apareció por la puerta del Café, salía acompañada de un par de músicos que más bien daban la impresión de ser sus guardaespaldas por cómo protegían su espalda, aunque los instrumentos les delataban. Por un momento sentí que el tiempo se paraba, que mi corazón dejaba de latir, el aire no entraba en mi pecho y el mareo se apoderaba de mi consciencia. Sin intención alguna me quedé pasmado ante María, no sabía qué hacer ni cómo despertar del embrujo que había tomado mí ser. Instintivamente me puse a caminar a su encuentro, no podía evitarlo y ella no parecía haberse dado cuenta mi presencia, pero yo les aseguro que la suya era más que evidente.
Durante esos instantes mi mente recorrió cada una de sus curvas, de esos cortos y precisos pasos hacía adelante mientras contoneaba sus caderas. Su cabello parecía flotar en un mar de aromas dirigidos directamente hacia mí. Sus labios carnosos, sus dientes anacarados y una piel que parecía susurrar sutiles caricias.
El choque de nuestros cuerpos parecía inevitable, mi ser no respondía a nada excepto a su destino vital, el encuentro con aquel ser divino. Cuando apenas quedaban unos centímetros para encontrarnos, ocurrió.
Ella levantó la mirada, sus parpados aletearon con majestuosidad y nuestras pupilas se encontraron. Para entonces, el impacto era inminente y nada podría evitarlo.
Ella echó sus manos al frente y las mías, como si de un imán se tratase, respondieron con el mismo gesto. Mis manos chocaron con las suyas y nuestros dedos se entrelazaron para terminar apoyados sobre nuestro abdomen. Sentí cada una de las rugosidades de su piel, la suavidad de sus palmas y nuestros pechos quedaron a un milímetro de encontrarse. Aquellas manos tan suaves evitaron esa sensación, pero no lo suficiente como para no dejarme oler su piel, sentir su alma e impregnar mis sentidos con su aroma. Nuestros labios estaban alineados y su mirada fugaz pareció ser eterna para mí. Este momento parecía detenerse en mis retinas, mi cerebro congeló el tiempo y la sangre pareció dejar de fluir por mis venas. Era la felicidad manifestada allí mismo, era como un dulce sueño de esos de los que nunca quieres despertar.
-Vamos, échate a un lado. -Gritó uno de sus acompañantes.
-Siempre tiene que haber algún borracho que no sabe cuando llega el momento de irse a dormir -añadió el otro músico.
Quedé apartado a un lado y ellos continuaron su camino, pero por un instante María pareció quedar eclipsada, giró el cuello para verme por última vez. Parecía una de esas miradas que retiene todo aquello que está viendo porque sabe que será la última vez que lo vea. Aquellos ojos tan profundos llegaron a emocionarme.
Me pareció ver un atisbo de esperanza de no haber sido un simple borracho más que se cruza por su camino en una noche cualquiera.
María recobró su postura y continuó su camino, pero aquel escaso segundo que hubo entre nosotros me dio la sensación de que traería algo consigo. No fue un segundo más del infinito e imperturbable tiempo. Fue un segundo mágico, un segundo que pareció días, que digo días, meses, años, toda una vida. Sentí que aquella mujer y yo habíamos vivido una vida juntos en aquel extraño segundo. Puede que me estuviera volviendo loco y todo fuera una ilusión en mi cabeza, de la música, del alcohol o de la noche embrujada, pero jamás sentí emociones tan fuertes como las vividas en aquel instante.
En aquel preciso momento pedí al destino que volviera a unirnos para tener la seguridad de que aquello no había sido un engaño o pura casualidad.
María se perdió en la distancia de la noche, acompañada de aquellas dos sombras que la seguían el rastro. Me quedé quieto, observando sus andares, hasta que su silueta quedó difuminada en la oscuridad. Cuando quise reaccionar el Café París estaba cerrado, las luces de la fachada habían desaparecido y lo único que se podía reconocer de la fiesta vivida eran unas pocas sillas amontonadas junto a la puerta y los restos de alcohol desparramados por el suelo. Tan sólo quedaba la hilera de farolillos de colores que sutilmente me señalaban el camino a casa. Allí no había nada más que hacer. Me até los zapatos y me fui a casa con un sabor agridulce. Tenía toda la semana para reflexionar y para soñar con volver a verla.
-Vamos María, baja del coche de una vez, no tenemos toda la noche. ¿Qué te ha pasado esta vez? No me digas que Sebastián se ha sobrepasado, porque le mando a la calle. Me tiene muy cansado con sus ñoñerías- le dijo Don Héctor, el contratista y manager de los Blue Moon, que empezaba a estar harto de la actitud rebelde que María tenía últimamente.
- ¡Ya salgo de aquí! No te inquietes gordo apestoso que la noche te ha salido muy rentable – respondió María con arrogancia mientras salía del coche y se dirigía al interior del local propiedad de Don Héctor, quien sentía ser algo más que su manager. Era un tipejo que se manejaba perfectamente en el mundo de la noche, los clubes, la violencia y todo aquello que pudiera estar al margen de la ley. Le gustaba el dinero, su avaricia era descomunal, capaz de traicionar a cualquiera por un poco más de pasta. Su relación con María era peculiar. Por un lado la cuidaba, la protegía del exterior, y por otro la conseguía los mejores acuerdos, las mejores galas y locales de moda. María tenía una hermana pequeña a la que Don Héctor apreciaba mucho e incluso llegaba a mantener. Las malas lenguas decían que era la herencia que la madre de María le había dejado, como fruto de un apasionado romance con el mismísimo Héctor, al que hizo jurar que cuidaría de sus dos hijas. Nunca se supo con certeza nada de esta historia, pero sí era cierto que la pequeña era su ojito derecho. La colmaba en atenciones y cariño. Despertaba su lado humano, ése que en los negocios desaparecía e incluso se oscurecía en presencia de María, con la que mantenía cierta distancia. Para él era un negocio más, al que protegía y mimaba, pero un negocio al fin y al cabo. Así pues, que los Blue Moon estuvieran cada jueves por la noche en el Café París era un gran éxito, quizás era una de las fuentes de ingresos más importantes que tenían. Era complicado tocar en un Café con este prestigio, y aunque Don Héctor no era del agrado de los gerentes del local la voz de María era tan cautivadora que arrebataba la voluntad a cualquier alma. Era un espectáculo sin igual. En pocos meses había pasado de ser una actuación más, bastante modesta, a convertirse en la gran fiesta de la semana, desplazando al habitual viernes como día estrella, para convertir al jueves en el día con más público, el día de los Blue Moon.
El señor Héctor era conocido en todo el mundillo de la farándula, tenía fama de llegar a acuerdos muy ventajosos para sus clientes, aunque algunos rumoreaban que sus métodos no eran muy lícitos y que solía cobrarse un alto precio con sus estrellas.
- María, me dicen los chicos que esta noche has estado algo nerviosa, ¿ha pasado algo que deba saber?, ¿es otra vez ese imbécil de Sebastián? – María no sabía qué decir, porque si algo le ponía nerviosa no era precisamente su compañero saxofonista, más bien la mirada grotesca de su jefe. A Sebastián le tenía mucho aprecio y en su día sintió algo por él, pero éste no era el motivo de su discordia.
Quería marcharse, dejar aquello, estaba cansada de cantar cada noche, vagando por los locales de la ciudad, de estar esclavizada a un ritmo de vida con el que ya no podía más. Bajo la tiranía de aquel hombre no llegaría a nada en su vida. Nunca ganaría lo que realmente valían sus actuaciones, seguiría dando su talento a beneficio de Don Héctor, que jamás la dejaría escapar. También estaba su hermana pequeña, una responsabilidad de la que no podía olvidarse y que solía calmar sus impulsos.
En ese momento tomo una decisión, pero no como se suelen tomar habitualmente, de forma sosegada, recapacitada y valorando todos los porvenires e inconvenientes. La tomó de otra muy distinta, por impulso, repentina y valiente. Una de esas decisiones que en frío difícilmente tomarías pero que al final son las que hacen cambiar la vida, las que marcan el ritmo y devenir de los acontecimientos.
- Me voy, lo dejo, no quiero volver a verte. – María se levantó tras pronunciar estas palabras y se dirigió hacía la puerta ante la atónita mirada de su manager, sorprendido por su reacción, ya que María, a pesar de su carácter y decisión, nunca había osado a enfrentarse a él de esta manera.
- ¿Qué estás diciendo mujer?, tú de esta habitación no te mueves. Ya lo sé, a ti lo que te pasa es que Sebastián te ha convencido para que os montéis por vuestra cuenta los dos, ¿verdad? No pienses que esa idea va a seguir adelante. Nadie se la juega a Don Héctor, guapa.- María se abalanzó sobre él, intentando hacerse un hueco para escapar por la puerta. La sala en la que estaban era muy pequeña. Hace años la usaban para hacer casting y probar a los nuevos talentos musicales. Ahora servía para reunirse antes y después de las galas, para repasar el programa y comentar la velada. En los últimos meses también estaban apareciendo y desapareciendo alguna que otra caja, que por su parecer daba la sensación de que Don Héctor estaba metido en algún tipo de tráfico de mercancías. La cuestión es que María no tenía otra opción de fuga más que esa pequeña puerta flanqueada por aquel hombre corpulento y un montón de cajas.
Sus cuerpos se chocaron, él la zarandeó mientras ella le golpeaba en el pecho y le escupía mil insultos a la cara. Don Héctor era un tipo de acción, de respuesta rápida y su paciencia tenía un límite muy pequeño. –Que me sueltes estúpido cabrón. No volverás a ganar una sola moneda con mi voz. Me voy para siempre. No me hace falta nadie más. – ¿Dónde vas a ir, alma cándida? Sin mi no vales nada, yo soy quien maneja los contratos, quien decide que voz sonará cada noche. Te advierto, si te vas de aquí haré que no vuelvas a cantar en tu vida, te arrebataré esa voz para siempre, y tu hermana, sí, tu hermana, repitió lentamente para centrar su atención, se quedará conmigo. No dejaré que te la lleves. – María dudó por un segundo, temió por su vida y la de su hermanita, pero ya no tenía mucho más que perder, la dignidad hacía tiempo que partió de sus vidas. Si seguía aquí, su futuro estaba acabado de todas formas. Se armó de valor, cogió una pequeña lámpara de cristal apoyada en la mesita auxiliar que tenía a su izquierda y le golpeó con toda su fuerza en la cabeza. Los cristales se rompieron en varios trozos provocando un gran ruido. Ambos quedaron inmovilizados por un instante, como si no supieran qué hacer. De la cabeza de Don Héctor empezó a brotar sangre que le cubría el rostro con rapidez. Ambos seguían sin reaccionar. Él empezó a balbucear. En ese momento María comprendió que debía salir de allí corriendo si quería tener una oportunidad. Se giro hacia el sofá, tomó su bolso, miró alrededor por si había alguna pertenencia más suya, se volvió de nuevo hacia su manager, le miró a los ojos y le dijo “nunca más me volverás a ver, vieja escoria”. En ese instante se desplomó sobre ella. No pudo apartarse a tiempo y le empapó su vestido de gala con la sangre que fluía desde su cabeza. Se recompuso, tomó la puerta y salió corriendo cubierta de sangre.
–
Camino a casa bajo las estrellas, aunque ya sin el fulgor y la excitación de la noche vivida. El sueño y el aletargo entumecían mis músculos. Los farolillos hacía tiempo que los había dejado atrás y la calle estaba completamente desierta. En pocas horas el sol haría acto de presencia tras el horizonte y mis ganas apremiaban por llegar a la cama. Llegué a casa y mientras acertaba a dar con la llave que abría la puerta empecé a darle vueltas a todo aquello. Menuda noche, me había rozado con María, habíamos cruzado la mirada, ¡quién lo diría!. El próximo jueves trataría de hablar con ella. Me sentía muy afortunado.
Por fin entré en casa, dejé las llaves sobre el mueble de la entrada, abrí mi cajón de los tickets del Café París y los tomé todos con las manos, para sentir su peso y cada una de aquellas noches mágicas. Me eché la mano al bolsillo para añadir a la cuenta la de esta noche. ¿Cómo? Me sorprendí, tenía dos papeles en el bolsillo. Desenvolví las notas arrugadas entre mis manos y allí mismo descubrí que una de ellas era una nota firmada por María. Con su puño y letra había escrito aquello y no sé cómo pero había terminado en mi bolsillo. ¿Era ésto para mí? ¿Sería un error? ¿Cómo llegó hasta mis manos? Dándole vueltas a la cabeza sólo encontraba una solución, que en el momento que nos cruzamos la soltara en mi bolsillo. Estaba tan preocupado por descubrir la finalidad, el origen o dimensión de aquello que no paré a leer su contenido. En ese momento caí en la cuenta. Encendí todas las luces de la casa que tenía más próximas para ver lo mejor posible. Tendí la nota sobre la mesa, parpadeaba con rapidez y las manos empezaban a sudarme como cuando esperaba mi turno para sentarme en mi mesa del Café París.
Y leí la nota: Sé que cada noche estás ahí. Libérame, llévame lejos de este lugar. María.
Me quedé atónito, no supe cómo reaccionar. Miré a mi alrededor buscando dónde apoyarme. Me acerqué a una silla y me senté. Pasé mis dedos sobre la tinta e intenté ponerme en su lugar, sentir lo mismo que ella y comprender sus motivaciones. Todo era confuso. ¿Cómo iba a querer dejar aquello? Si su voz era celestial, ¡por Dios! Debía ser una broma. Seguro que algún camarero me la quería jugar para burlarse de mí. Alguno no soportaba mi insistencia con algunas cosas como la de ocupar siempre la misma mesa. Pero, ¿y si fuera cierto? ¿Y si fue ella quien realmente me dejó esta nota? ¿Y si vive encerrada en un mundo del que no puede salir y soy la única persona que la puede sacar de él? ¿Es posible que mis súplicas hubieran sido escuchadas?
El jueves siguiente tendría la posibilidad de comprobarlo, de saber si era cierto, pero claro, ¿cómo acercarme? Pasar inadvertido era complicado e ir de forma directa a su encuentro resultaba imposible porque aquellos dos gorilas no la perdían el rastro de ningún modo.
Tenía una semana por delante para preparar mi puesta en escena. Tendría arrojo y me enfrentaría a los gorilas si fuera necesario pero, de cualquiera de las formas, nada podría impedirme conocer la verdad de aquella nota.
–
Sebastián fumaba su último cigarro del día, dos caladas más y se marchaba a casa. Hacía muy buena noche para disfrutar bajo las estrellas de ese tabaco a pesar del cansancio acumulado. Todavía sonaban en su cabeza algunas notas de blues de la última actuación. Dejó caer el cigarro y se dirigió a la puerta de club para despedirse de los compañeros hasta la noche siguiente. Tomó la puerta y ¡zas! se abrió como una exhalación golpeando contra él. María se abalanzó con todas sus fuerza y terminó cayendo entre sus brazos.
No dejaba de moverse y de gritar mientras Sebastián trataba de calmarla. De repente, vio que estaba manchada de sangre pero no tardó en descubrir que no era suya. Éso le alivió. No entendía de qué huía y terminaron forcejearon unos instantes hasta que ella se calmó.
-Vámonos, vámonos, he matado a Héctor.- gritaba María mientras trataba de huir y arrastrar a su compañero con ella. Éste no daba crédito a lo que estaba escuchando.
Trató de hacerla entrar en razón, de comprender lo que había sucedido y que le explicara todo aquello. No podía imaginar qué habría pasado por su mente para cometer tal atrocidad. Ella siguió tirando de su brazo, suplicando la huída. –Vámonos, corre… – Su mirada fue tan profunda y frágil a la vez, que no pudo evitarlo y echó a correr tras ella. Le señaló dónde tenía el coche y sin apenas saber nada se estaba convirtiendo en cómplice de todo ésto. -¡Las llaves! – Gritó Sebastián. Necesitaba entrar en el local para recoger sus cosas, entre ellas, las llaves del coche. Le insistió en que esperara y salió presa de pánico a por ellas. No quería ni imaginarse lo que podría encontrarse dentro. Sólo quería salir de allí inmediatamente. Puede que ésta fuera la oportunidad perfecta para empezar una nueva vida y para volver a estar más cerca de María. Por trágico que fuera, la clandestinidad que presuponía que les esperaba tras esta aventura haría que su complicidad tomara nuevas cotas. El temor y la esperanza albergaban su corazón a partes iguales en el momento de entrar en el local. Iba directo a por sus llaves, sin idea de detenerse a mirar nada más. Rápido como el viento, con sigilo. Llegó a ellas, las tomó con cuidado, sin hacer ruido. Por suerte no parecía quedar nadie más por allí. Lo conseguiría. Retrocedió sobre sus pasos, traspasó la puerta de entrada y voló hacia su coche.
-¡María, María! – susurraba en voz baja. – ¿Dónde te has metido? Maldita sea, ya se ha ido sola. Pensaba en voz baja. –¡¡Eh, tú!! – Se alzó una voz profunda a su espalda. Se dio la vuelta y sorprendentemente era Don Héctor. Estaba vivo. Sintió un gran alivio. Todo debía ser un error. Ya estaba solucionado. Caminó hacia él, quería saber qué había pasado. Don Héctor no parecía tener cara de muchos amigos. Su rostro era bastante hostil. A lo lejos parecía manchado por algo. En la cercanía claramente se tornaba sangre. Cuando llegó a su altura aparecieron tras la puerta sus dos gorilas y María en los brazos de uno de ellos. Parecía haber perdido el conocimiento y tener su bello rostro amoratado bajo la luz de la luna. Sebastián no daba crédito, no entendía muy bien que estaba pasando pero tenía claro que estaba del lado de María. Pidió explicaciones y sólo recibió empujones y reprimendas de su jefe. Le amenazó con perder su trabajo sino se apartaba de su camino. Quería estar al lado de María, el amor de su vida. Siempre había estado ahí para ella, esperando su oportunidad y ahora que le necesitaba no iba a dejarla sola.
Se plantó con firmeza al paso de aquellos hombres. -¡Quiero que me deis a María! No pienso dejaros marchar con ella. Quiero saber qué es todo esto, ¿qué ha sucedido?
Como no respondían, y en un ataque de furia descontrolada, soltó un manotazo al rostro del gran hombre. Éste se quedó agazapado mientras uno de sus secuaces, el que no portaba a María en sus brazos, se revolvió hacía él tumbándole en el suelo. Se revolvió como pudo poniéndose en pie de un brinco y lanzó una patada a su entrepierna mientras se agachaba para evitar otro impacto. Dejó al hombre noqueado en el suelo. Uno menos, pensó.
Don Héctor parecía acabado, suficiente tenía con mantener el aliento. Su mirada perdida lo delataba. Golpeó en las rodillas al gorila que sujetaba a María mientras éste trataba de evitarle. El golpe fue lo suficientemente certero como para hacerle perder el equilibrio y arrebatarle de sus brazos a su joven y bella amada. Todo le pareció como una película de príncipes y princesas. No cabía en gozo de la proeza que estaba realizando. Seguía sin entender aquello, pero el amor que sentía era más que suficiente para mantener la fe en aquella situación.
-Larguémonos- se dijo a sí mismo, poniendo pies de por tierra hacia su coche.
Camino de su casa trataba de que María recobrara el conocimiento y le contara lo sucedido. Poco a poco fue despertando y recobrando el sentido. No tenía muy claro dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. Sebastián le explicó lo que había pasado y sólo faltaba conocer su versión para hilar la situación. Ella le pidió que se detuviera a un lado del camino. Necesitaba tranquilizarse y pensar qué iba a hacer después de lo sucedido. Tenía muy claro que no quería volver con aquel hombre, pero sabía muy bien que eso no era compatible con su carrera musical en esta ciudad. Estaba dispuesta a empezar de cero en otro lugar. La vejación a la que estaba sometida con su manager no podía soportarla más. Tendría que dejar el Café París, pero su felicidad estaba en juego. Habían sido unos años increíbles, en los que la música era el motor de su vida y la justificación de todo. Corrían tiempos de cambio y su oportunidad era ésta. Lo había intentando en varias ocasiones y todas sin éxito. Incluso pasando notas de auxilio a clientes habituales del Café, pero todas sin esperanza. Las garras de Don Héctor no tenían fin. Controlaba toda su vida, cuándo entraba, cuándo salía, con quién se relacionaba. Vivía sometida a su tiranía y el sabía que dependía de el, que sin su apoyo y protección no sería nada en esta ciudad.
Sebastián no pudo evitar, entre tanta sinceridad, declararle su amor, pero una vez más fue rechazado. De todas formas estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella. Le ofreció todo su apoyo e incluso llegaría a largarse de la ciudad si se lo pidiese. Tampoco era muy feliz con lo que tenía y un cambio creía que le vendría bien. Además no podría dejarla sola. Nunca se perdonaría si algo pudiera pasarla. Sabía que ésto no terminaba aquí, que difícilmente les dejarían escapar así de sencillo.
Hablaron durante un rato de cómo salir airosos de aquello. Ambos tenían que pasar por su apartamento a recoger cosas pero les daba miedo pensar que pudieran estar esperándolos allí ese par de gorilas. Detuvieron su marcha a medio camino de la casa de María, junto a una pequeña explanada. Necesitaban recapacitar todo lo que había sucedido.
Justo cuando iban a tomar una decisión vieron unas luces que se aproximaban hacia ellos a gran velocidad y con una trayectoria que no era la habitual del resto de coches que cruzaban aquella carretera. Por un instante hicieron como si aquello simplemente fuera una ilusión pero era muy real. Aquella luz venía directa. El momento decisivo fue cuando finalmente se cruzó en la calzada directa a ellos. Ambos gritaron asustados y se miraron a la cara buscando una respuesta en el rostro del otro. Sebastián finalmente la empujó sobre su puerta, abrió el pestillo y la hizo salir a trompicones del coche. Él quedó enredado entre cinturones mientras que la luz se acercaba más y más. Cuando estuvo realmente cerca pudo percibirse el ruido de un motor, era de gran cilindrada y pesado. Debía ser un coche. No daba tiempo para nada más.
María desde la grava observaba como el impacto era inminente y como parecía imposible que su compañero saliera a tiempo del coche. En el último instante pudo ver como saltaba de su interior. El impacto hizo que todo se tambaleara. Aquello les creo una gran conmoción. Se arrastraron como pudieron por el suelo hasta llegarse a abrazar. Estaban sobresaltados, nerviosos y realmente temían por sus vidas. Entre la nube de polvo, la oscuridad de la noche y los faros a media luz vieron acercarse a un par de piernas. Venían a por ellos. Se sentían derrotados y sin saber qué hacer. Todo ésto estaba llegando a sobrepasarles. Sus temores se cumplieron, aquellos dos tipos eran gorilas de Don Héctor. Les agarraron con brusquedad, a ella la rodearon por la cintura y uno de ellos se la echó a los hombros, como si fuera un saco lleno de patatas. María apenas forcejeó, estaba totalmente desubicada, no sabía qué hacer, su reacción fue la quietud y pasividad. La llevaron a su coche y la tumbaron en la parte de atrás. Mientras tanto el otro tipo mantenía sujeto a Sebastián en el suelo. Su compañero se acercó –vamos, déjalo, entra en el coche y ves arrancando que ya me encargo yo. Te faltan agallas todavía, ¡cuándo aprenderás! Éste, sacó una pequeña pistola de su chaqueta, apuntó a la cabeza de Sebastián y dijo –no te lo tomes como algo personal, pero tienes que saber que la chica del jefe es sólo del jefe. Sebastián trató de incorporarse y suplicar por que aquel hombre no hiciera lo que estaba a punto de hacer. Su mirada anhelaba una oportunidad, una vía de escape. Miró al coche, a su alrededor, a la cara de aquel tipo buscando su compasión. Pero esta clase de gente carece de empatía y sólo reaccionan a estímulos muy primitivos y no parecía que le pudiera hacer cambiar de opinión. Tomó distancia, guiñó un ojo y apretó el gatillo con total seguridad, sin titubeo. Certero al rostro. El cuerpo sin vida cayó sobre la grava. Un sonido seco y profundo en la noche se apropió de su alma.
Rápidamente recogieron el cuerpo, lo metieron en el coche simulando que conducía. Sacaron de su maletero un bidón de gasolina y rociaron el coche. Prendieron mecha y lo hicieron avanzar por la cuneta hasta que terminó explotando. Para entonces ya habían puesto carretera de por medio y María en su poder.
– –
Jueves noche, había llegado mi momento. Esta noche llegué antes de lo habitual. La impaciencia podía sobre los sentidos. La música sonaba, un melancólico pianista amenizaba la velada a la espera de la gran estrella. Pronto los Blue Moon harían su aparición. Me dejé ver un par de veces en el interior del local, con la esperanza de encontrarme con María y recibir una señal suya. Algo que me hiciera ver que aquella nota no era producto de mi imaginación. Era una noche muy importante. Una noche para ser valiente. Me paseé cerca del escenario. Tomé una actitud como de interesado por aquello, como si fuera un productor musical y estuviera buscando un nuevo talento para un sello discográfico. Seguro que colaría. Incluso podría acercarme a hablar a con ellos, felicitarles por su música y así, dejarme ver por María.
Estaban tardando en hacer acto de presencia. Los instrumentos ya estaban allí, pero los músicos seguían ausentes. El pianista terminó su repertorio y el silencio se apoderó de la sala. Me sentí algo ridículo porque mi excusa para estar allí tan cerca ya no valía. Pronto el rumor de los presentes se hizo con la sala, entonces aproveché para volver a la terraza y tomar mi asiento. Tenía buena posición para ver el momento en que ella hiciera su puesta en escena. Me tomaría algo y trataría de aliviar la espera. –Camarero por favor, Pershin con tónica y una pizca de canela. Éste asintió con profesionalidad. Yo, seguiría esperando.
Pasaron algunos minutos hasta que estuvieron todos en el escenario, mientras, el bullicio de los presentes mitigaba el silencio y hacía más sostenible mi impaciencia. Guitarra, trompeta, saxo, María y un par de tipos grandes que negaban cualquier tipo de contacto con ellos. Eran como dioses para nosotros. En el momento que subían al escenario y su música se apoderaba del ambiente, todo nuestro mundo cambiaba por completo. Su música celestial se apoderaba de la noche, todo era más bello en su sintonía. La voz de María parecía acariciarnos con sus ondas, daba un tono cálido a la noche y nos envolvía con su fragancia musical. Todo parecía encajar y cada mecanismo parecía estar perfectamente engrasado para que cada jueves fuera mágico. Los camareros parecían danzar entre las mesas con una perfecta sincronización. Las bandejas subían, bajaban, giraban como peonzas y los manteles de cuadros vivos apaisadamente descansaban sobre las mesas, como si siempre hubieran estado allí. La gente reía, se divertía y parecía disfrutar bajo aquel influjo. Me encantaba disfrutar con cierta distancia de todo ello y especialmente contemplar a María bajo aquella luz fija, en mitad de la penumbra del interior del Café.
Necesitaba mi momento junto a ella, necesitaba acercarme, mirarla a los ojos, buscar su respuesta, su complicidad. Algo que me diera esperanza, una señal que me iluminara el camino. No sabía muy bien qué hacer, pero no creía mucho en las casualidades, sabía que el destino encontraría la forma para que pudiera hablar con ella.
En ese instante aparecieron un par tipos, uno de ellos parecía estar convaleciente por algún asunto turbio. La venda en su cabeza y su rostro de pocos amigos no eran muy halagüeños. Se me hacía familiar, seguramente le habría visto por aquí en otra ocasión. Ambos iban muy bien vestidos, elegantes y a la vez muy profesionales. Se acercaron al escenario y los gorilas no pusieron ningún inconveniente, por lo que estaba claro que eran algo más que conocidos. El hombre del vendaje tomo a María de la mano y la pidió que se acercara. En ese instante comprendí que las necesidades de María estaban vinculadas a aquel hombre. Seguramente era de quien querría huir. Su rostro era demasiado evidente. Reflejaba temor y odio a partes iguales. No le despertaba ninguna simpatía. Me preguntaba qué sería aquello que la ataba de esa manera y la impedía salir de allí. Seguramente la estaría coaccionando y haciendo chantaje, o algo peor aún. Mi mente disparaba las hipótesis y ésto no hacía más que aumentar mi interés por ella. Si la curiosidad era máxima, ahora alcazaba límites insospechados. Resultaba todo tan enigmático a su alrededor que me tenía cautivado.
Tras unos disimulados forcejeos ella pareció ceder a las ínfulas de aquel tipo. Acercó el rostro a su boca para escuchar algo. Mientras él mascullaba con violencia, ella ni siquiera asentía. El resto de la orquesta observaba la situación con recelo mientras todo pasaba inadvertido para el resto de presentes. Tras una breve charla, aquellos hombre dieron media vuelta y tomaron asiento en la terraza, muy cerca de donde yo estaba. María parecía contrariada tras la conversación, pero a la vez, parecía haber recuperado instantáneamente la energía y vitalidad que acostumbraba. Tomó el micro, se dirigió al público y comenzó el recital.
Lo iba a tener complicado, me dio la sensación de que había demasiadas personas en torno a ella y acercarme con disimulo no parecía sencillo. La música sonaba y yo dejaba vagar mi imaginación bajo el sonido de su cálida voz.
Pasó un largo rato, aunque no sabría decir cuánto, porque aquellas melodías parecían detener el tiempo bajo su vals seductor. María se esforzaba por mantener el tipo en el escenario haciendo un gran alarde de profesionalidad. Don Héctor la observaba desde el exterior, la tenía completamente cautiva de su música y jamás la dejaría huir de allí. Se había convertido en presa de su talento, tanto que le había costado la vida a Sebastián. Ésto pareció rebrotar viejos sentimientos en su corazón. Siempre fue muy fría y distante con él, nunca quiso devolverle un solo atisbo de esperanza. Prefirió maltratar su relación para que él volviera a ser libre de sus sentimientos. Ahora se arrepentía de tantas cosas, de tantos silencios que tuvo con él, de tantas noches compartidas en las que se sintieron cómplices de su arte y en las que le hubiera besado. Noches en las que le hubiera confesado sus más profundos deseos y en las que le habría dicho lo mucho que le apreciaba. Todo esto ya no era posible, él no estaba allí, no volvería. Su vida se había extinguido y todo por ella. Por su culpa. Fue fiel a sí mismo hasta el final y lo llevó a sus últimas consecuencias. Nunca sabría como devolverle ese gesto, demostrarle que en el fondo le quería, que era importante en su vida, que todos estos años no habrían sido lo mismo sin su compañía. Allí estaba, sola, sin su compañía, en Café París, dejándose llevar por el influjo del jazz, recobrando el pasado en cada uno de sus versos y latiendo de esperanza por un mañana mejor.
El público aplaudía, una pausa para dar un trago era necesaria. Apoyó el micrófono sobre su base y bajó con lentitud del escenario camino de la barra del bar en la que dejó caer sus brazos y se sentó en completa soledad. Le gustaba relajarse unos minutos sobre el cálido tacto de roble modelado bajo insignias barrocas, que tanto le recordaban a los auténticos cafés parisinos en los que adquirió las tablas necesarias para debutar un día en un local como éste. Bajo la luz de penumbra un extraño se le acercó, a una distancia prudente, pero sabía que la observaba. Titubeó un instante y finalmente le tomó la mirada. ¡Atiza! El mismo hombre a quien había dejado una nota de auxilio la semana pasada. El corazón se le aceleró, en un instante pensó en lo que sucedería si Héctor o alguno de sus hombres notaban cierta complicidad con aquel tipo. No sabía cómo reaccionar ni qué decirle. Él se le adelantó y tomó la iniciativa. Sacó de su bolsillo la nota que la semana anterior le había entregado. Lo hizo con disimulo a sabiendas de que estaría siendo observado por sus hombres. Pidió una bebida al camarero y actuó como si estuviera sólo. Tomó un bolígrafo y escribió unas palabras en el mismo papel.
María observaba de reojo la situación, sin levantar sospechas y tratando de descifrar el contenido de aquel papel, pero la vista no le daba para tanta distancia. Él se dio cuenta y, en un amago de agacharse al suelo para arreglarse el zapato, acercó hasta María aquella nota. Reconoció al instante su letra y la llamada de socorro que había en ella. Aquel hombre estaba tratando de ayudarla, de responder a su auxilio.
“Te espero en la puerta al final de la actuación”.
Aquellas palabras resultaban conmovedoras, pero después de lo sucedido con Sebastián no se veía con fuerza para repetir la misma situación. Se estaba viendo envuelta en una espiral sin salida y de la que no parecía que fuera a salir bien parada. No tuvo fuerza para devolver la mirada a aquel extraño tan generoso y fiel a las noches de los Blue Moon y que tantas veces había visto sentado en la terraza con la mirada obnubilada en su actuación. Mantuvo la respiración un instante, recobró las fuerzas y volvió al escenario, dejando a su joven admirador contrariado en la barra del bar, mientras ella ponía distancia entre los dos.
La música volvió a escena y con ella la calma interior de María que se sujetaba a su voz como un desvalido al bastón que le da el equilibrio. No quería pensar en todo aquello. Por eso era tan feliz con la música, durante ese rato la vida era maravillosa, la luz se hacía ante ella dejando las sombras a un lado. Dejaba volar su imaginación bajo el influjo del saxo, profundo y melancólico a partes iguales.
Pasó el tiempo y con él la noche, las copas y las risas dejaban de ambientar tan alegremente. Se avecinaba el fin de la gala. María empezó a sentir cierto nerviosismo. No quería enfrentarse al momento de salir huyendo. No estaba dispuesta. No quería dejar a su pequeña hermana en manos de aquel hombre y sabía muy bien que llevarla era imposible, al menos al principio no cabía la posibilidad. Por otro lado era consciente de que la ocasión era única y de que ella solía acostumbrar a tomar decisiones arriesgadas e insensatas en un solo instante.
Llegó el momento del cierre. Algún que otro fan se le acercó como cada jueves a darle las gracias por la velada y poder ver a la estrella de cerca. Era lo más agradecido de la profesión. Reconfortaba lo suficiente como para volver cada jueves y mostrarse tal y como era, le llenaba de orgullo. Las copas de champagne empezaban a pasar por sus manos, los brindis y las sonrisas complacientes.
María buscaba con su mirada entre aquellas personas, quería ver a su caballero, a quien le había prometido sacarla del torreón en el que la habían encerrado. No lo encontraba, seguramente ya se habría echado atrás. En el fondo le relajaba bastante pensar que él se hubiera marchado porque no estaba muy segura. Quería, no quería, ¿quería irse?, ¿o no?, era todo un dilema constante en su interior. Aquel tipo le resultaba atractivo. Se sonreía pensando en la de veces que el habría estado allí observándola en la distancia y ella sin darse cuenta de lo relevante que era para él todo aquello. “Quién sabe, podría enamorarme”. Pensaba para sus adentros. La mayoría de tipos con los que había estado los había conocido en circunstancias mucho más rocambolescas. Ésto era de lo más sincero y altruista con lo que se había topado en mucho tiempo. No parecía hombre de malas intenciones, de hecho le había elegido porque era el único que no desfallecía en toda la noche, siempre estaba allí, atento, absorbido por la música. Realmente sabía apreciar más que nadie su talento. Le resultaba distinto a los demás, especial. Las dudas que pudiera tener pronto se clarificarían.
-María, nos vamos. – Le indicó uno de sus hombres de seguridad- Se despidió con rapidez de una pareja con la que conversaba, dejó su copa sobre una pequeña mesita que tenía al paso y recogió sus cosas. Tomó el camino más directo a la salida, custodiada por los gorilas de turno que no la dejaban dar dos pasos fuera del protocolo habitual. Las mesas del Café empezaban a quedarse vacías. Allí solo quedaban unos pocos amantes del alcohol sin medida que entre carcajadas daban algún trago. Avanzó a través de la oscuridad del salón con la esperanza de que las luces de la calle la guiaran a su destino, fuera cual fuese. A medida que se acercaba a la puerta ladeaba su mirada hacia la mesa en la que solía estar aquel hombre. Cuál fue su sorpresa que allí no había nadie, ni rastro de él. Seguramente se habría aburrido de esperar, se habría arrepentido o la propia conciencia le habría hecho recapacitar y comprender que aquello no le llevaba a nada, ¿dónde iban a ir? porque seguramente darían con ellos y terminaría costándoles la vida esta pequeña aventura. Ésto le hizo acordarse de nuevo del pobre Sebastián, apenas había tenido tiempo para asimilarlo. No era consciente del drama que suponía su muerte. Todo parecía obviado, como si su vida no mereciera un recuerdo, como si fuera una pieza más que puede ser sustituida en cualquier momento. La tristeza invadió el vacío que había allí. Se detuvo un instante sobrecogida por el recuerdo.
Nada tiene sentido, de que me sirve esta voz si por dentro no valgo nada, si estoy hundida en la miseria más profunda. Nada tiene sentido, se repetía a sí misma una y otra vez.
-Vamos María, camina de una vez que no tenemos toda la noche –replicó uno de los gorilas ante la pasividad de la diva del Café París.
Héctor la tomó de la mano para mostrar con orgullo la bella mujer que le acompañaba. Recorrieron pausadamente el pequeño trecho que había entre las puertas del Café y la calzada empedrada, ante la admiración del poco público que quedaba presente. María lo daba por perdido, en el fondo sentía alivio porque la situación podría haberse vuelto muy violenta. Por una parte quería marcharse pero otra le decía que las consecuencias podrían ser devastadoras para su vida y la de su pequeña hermana.
-Ves María, y tú querías dejar esto, la gente te quiere. ¿Ves el respeto y admiración que despiertas? ¡Cuántos querrían esa fortuna! Eres la estrella de París, del Café París. Nunca hubo ninguna como tú y será difícil que se vuelva a repetir – susurraba Don Héctor a María.
-Que se lo digan a Sebastián, le arrebatasteis la vida sin contemplaciones. El sí que cuidaba de mí. Nunca te hubiera permitido que me hicieras ésto-.
-Claro María, por eso no está aquí. Era un pequeño apéndice sustituible de los Blue Moon.
-Te odio maldito, algún día pagarás por todo el daño que has hecho. –María se alteró lo suficiente como arrancar las manos de Héctor de su brazo. Se acercó al coche y tomó por sí sola la puerta, no esperó a que el chofer o alguno de los guardaespaldas tuvieran el gesto. Como una exhalación desapareció bajo los cristales tintados de la parte trasera del coche.
-No te enfades guapa, no le sienta bien a tu voz.- replicaba Héctor mientras la seguía.
Dio la vuelta al coche y entró por la otra puerta trasera.
-Vamos arranca, ¿a qué esperas?, no tenemos toda la noche.
-Sí, señor – ésta fue la respuesta breve y concisa del chofer que no era otro que nuestro protagonista. Había noqueado al chofer oficial y suplantado su identidad para poder sacar de allí a María. Puso en marcha el coche y se dirigió hacia la salida más cercana a la autopista. En pocas calles sus ocupantes empezaron a darse cuenta de que el camino no era el correcto.
-Oye chico, ¿por dónde vamos esta vez? Por aquí no se va al local. .
-Se equivoca señor, lo primero con lo de chico, hace mucho que dejé de serlo y lo segundo con lo del destino. Este coche tiene uno, eso es cierto, pero el suyo termina aquí.
Don Héctor se quedó perplejo, no sabía qué decir, nunca imaginó que algo parecido pudiera llegar a pasarle a él. –Usted qué dice, está loco, deténgase ahora mismo. Ya verá cuando nos alcancen mis hombres, deseará no haber subido usted nunca.
-Quien lo va a desear va a ser usted porque en esta curva va a comer polvo.
María estaba sorprendida, incluso sentía orgullo por aquel hombre, quién sabe, podría llegar a enamorarse. Su valentía al menos era merecedora de ello. No cabía en sí de la situación tan extraña que estaba viviendo. Parecía que había elegido al hombre adecuado.
Llegaron a la curva, la tomó con violencia y accionó el mecanismo automático que abre la puerta. –María, agárrate fuerte –gritó a la vez que giraba con brusquedad el volante.
Don Héctor titubeó un segundo en busca de algo dónde agarrarse. Tardó lo justo como para salir despedido por la puerta. Rodó como una albóndiga por la calle.
Lo único que llegaron a escuchar en la distancia era un pequeño eco que parecía decir algo así como “malditos, me las pagaréis”.
Ambos se reían en el interior del coche, era la mejor forma de escapar a la tensión acumulada. Bajaron la marcha para que María pudiera acercarse a la puerta contraria y cerrarla. El ambiente cambió por completo, ella tomó el asiento delantero para estar a su lado. Lo primero que hizo fue preguntarle su nombre, quería saber quién se escondía tras aquella heroica y arriesgada hazaña. – Mi nombre es Oliver y desde el primer momento que te escuché en el Café París supe que algún día te conocería y, mírame, aquí estoy justo a tu lado, dispuesto a todo. A marcharme lejos de aquí y no volver jamás. A arriesgarme todo lo que sea necesario por una oportunidad a tu lado.
-Gracias Oliver, lo que has hecho esta noche no tiene comparación con ninguna otra cosa. Supe que podría contar contigo desde el primer día que te vi allí sentado. Siempre en la misma silla, de la misma forma, y solitario. Eso me llamó mucho la atención. Sabía que apreciabas nuestro arte porque venir sólo cada noche no era el mejor plan, de eso estoy segura. No hay nada como tener a alguien al lado con quien luego recuperar el pasado y disfrutar del recuerdo de la velada.
No tengo nada claro, Oliver, sólo quiero huir de aquí, no volver jamás salvo para llevarme a mi hermana conmigo. Es la única espina que me queda clavada pero sé que la mejor forma de ayudarla en este momento es salir de aquí. No sé cómo agradecerte todo esto. Tiene un valor incalculable, créeme.
Oliver asentía con la cabeza. Se sentía orgulloso de aquella mujer, de su fortaleza y entereza en momentos tan duros. ¿Qué habría sido de ella si yo no hubiera estado aquí? Se preguntaba en sus adentros. Se dejó llevar por la vanidad.
La conversación entre ellos se empezó a animar. En muy poco tiempo conocieron detalles el uno del otro que no les dejaban indiferentes. Querían saber más. La luz del día empezaba a clarear y tarde o temprano tendrían que parar para descansar. Al final no llegaron a ningún acuerdo. ¿Dónde irán? No lo tenían nada claro. Sólo querían irse lejos, muy lejos de allí. Así que con esa intención acordaron detenerse en el primer hotel de carretera que encontraran y descansar antes de retomar la vida, una nueva vida que estaba apunto de presentárseles.
–
Nunca más se volvería a saber de ellos. Oliver tenía muy claro que mientras ella quisiera estaría a su lado. El Café París podría esperar una eternidad por él, porque mientras la esperanza latiera en su interior no decaería en su sueño. María se enfrentaba a un nuevo reto, el miedo se apoderaba de ella pero aquel hombre a su lado le proporcionaba el empujón suficiente para enfrentarse a un nuevo mundo. Sabía que tendría que volver, recuperar a su hermana de las fauces de aquel animal que no dudaría en convertirla en lo mismo que hizo con ella, pero lucharía hasta su último aliento.
La carretera se presentaba profunda y difusa en la distancia, el sol empezaba a bañar de luz y calor los campos por los que atravesaba su camino y la noche, la música y el misterio daban paso a la claridad y frialdad de la mañana. La realidad se hacía patente en el interior de aquel coche.
El tiempo no se detendría más que un instante por ellos. María vio como los recuerdos de los últimos meses le arrebataban la conciencia y terminó por comprender que la vida es como un surco de arena. Dura un instante, lo que tarda el viento en borrarlo y no queda rastro alguno de nuestro paso.
Para Oliver había algo que estaba por encima de todo eso, algo incomparable con cualquier otra circunstancia, incluso mayor que la vida misma, el amor, éso que no entiende a nuestras esperanzas, ruegos o inquietudes, el amor puro y absoluto.
El camino era largo, más que nada porque no tenían destino, no sabían hacia dónde se dirigían. Eran dos extraños compartiendo la intensidad de su cercanía y descubriendo uno de otro lo que tenían en común. Las ilusiones por ambas partes parecían encontradas pero al igual que una nota escrita a mano les había unido esa noche, ¿qué no podría hacer este viaje a ninguna parte?
Mientras, en Café París no se volvería a escuchar la dulce melodía y voz aterciopelada de María, el Blues no brotaría de nuevo de su pecho para cubrir de magia la noche del café. Y qué decir de esa pequeña mesa de madera en la que Oliver no volvería a apoyar sus manos y sentarse cómodamente mientras escuchaba con atención la música que María emanaba de su interior. Los jueves no volverían a ser igual. Los farolillos de colores seguirían luciendo como cada noche a lo largo del camino empedrado, otra música ocuparía su lugar y alguien más tomaría asiento para disfrutar del espectáculo. Pero siempre quedaría un recuerdo de esta historia que sería imborrable, los nombres de María y Oliver grabados sobre aquella mesa de madera como señal inequívoca de que su historia fue real, de que allí un hombre se enamoró de una voz incomparable que le arrastró a la aventura de su vida.
Café París seguiría su función, la música no cesaría, nuevas historias surgirían cada noche y nuestros protagonistas darían una oportunidad a la suya. Una oportunidad para encontrar el camino que siempre habían buscado. Para María la libertad para hacer de su vida lo que quisiese y para Oliver el camino del amor, ese arduo y dificultoso trayecto que por mucho que le doliera no dejaría de intentar, sobre todo ante una certeza como aquella, de las que sólo se presentan una vez en la vida.
-Brindemos María, por las noches pasadas y la música lejana.
Fin