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Café París

Café París

-5:30 de la mañana. ¡Puf! y mañana a trabajar -pensé.

Allí estaba sentado como casi todos los jueves, en aquella mesa que tanto me gustaba del café París. La misma que me hacía estar esperando más de veinte minutos para poder sentarme en ella.Las manías eran una tónica en mi vida y esta mesa estaba entre mis preferidas, vamos, en el “top ten” de mis estupideces. Porque consciente, lo que se dice consciente lo era, sabía que todo esto no hacía más que traerme problemas e inconvenientes, pero me sentía feliz y estaba a gusto con mis manías.Aquel sitio era excepcional. Mi mesa, porque se puede decir que era mía, estaba en el mejor sitio del Café París. Situada en el extremo más alejado de la terraza, lejos del humo del interior y del bullicio de toda aquella gente, pero con el ruido suficente como para notar el calor de aquel sitio y sentirse en familia. Sobre todo, lo que más me gustaba de aquella mesa es que justo desde ese sitio tenía una vista privilegiada porque a través de la ventana más cercana tenía en perspectiva a María, una joven cantante de jazz que amenizaba las noches de los jueves con su banda los “Blue Moon”. Me quedaba las horas embobado, escuchando su dulce melodía y viendo como se movía y se dirigía al público a través de aquella ventana.Por lo demás, que puedo decir, era maravilloso pasar el tiempo allí sentado. Tenía ante mis ojos la zona más bonita de la calle del Marqués. Repleta de terrazas y farolillos de mil colores. Disfrutaba observando a aquellas personas e imaginaba la multitud de historias que tendrían para contar. La vista se perdía en el infinito frente a aquellos farolillos tan alegres. Era una calle estrecha, empedrada, de edificios de poca altura y cada uno pintado de un color diferente, dándole personalidad propia a cada metro de la calle.

-Caballero, lo siento pero cerramos en diez minutos -me dijo el camarero.

-Tranquilo me voy en seguida -le contesté. Pero si pudiera me quedaría toda la noche.

Este lugar era mágico, y ver cómo a medida que la noche avanzaba todo se iba quedando desierto era una de sus exquisiteces. Allí estaba yo con mi última copa, escuchando cómo el ruido del gentío daba paso a la más tranquila soledad. El jazz dió paso al rechinar de las sillas y las mesas, y apenas quedaba un alma recorriendo las calles a esas horas. Tan sólo algún borracho iba zarandeándose por allí.

Mientras recogían las mesas del Café París yo me aferraba a la mía. Intentaba alargar el último trago mientras me afligía pensado que todo aquello terminaba hasta el próximo jueves.

Cap 2

-Vamos María, daos prisa que quiero cerrar ya, mañana será otro día muy complicado y no tengo tiempo para vuestros juegos -le dijo el responsable de mesa del Café París a la joven María, que bromeaba al final de su noche de actuación junto a sus compañeros del grupo.

-Si Juan Carlos, ya nos vamos y deja a María en paz, que bien merecido tiene este momento de descanso -le replicó  Sebastian, saxofonista de los “Blue Moon”, que vivía enamorado de María y aunque habían tenido algún que otro encuentro amoroso con ella nunca habían tenido una relación seria. Sebastian suspiraba por ella cada noche al oirla cantar y soñaba con que algún día su amor se viera reflejado y correspondido por María, pero su historia no era esta. María era una joven muy independiente que nunca había creido en el amor, en parte porque la relación de sus padres terminó muy mal y su infancia la pasó viendo como dos personas que se suponía que se amaban, no lo hacían y que como siempre la contaban; “que ella había nacido del amor de sus padres”, hecho que siempre la causo contradicción y amargura. Por otra parte porque la clase de hombres que se le acercaban cada noche no eran especialmente lo mejor de su especie. La noche siempre había venido para ella llena de soledad y enfrentada a un mundo hostil dónde solia sentirse presa de maniácos obsesos que sólo buscaban la belleza de su cuerpo. Por ello la música era su refugio especial, a través de ella canalizaba sus temores y pesares, con la música sentía la fuerza suficiente para enfrentarse a aquellas hienas salvajes, saciadas de alcohol, con ojos humeantes y que la música que emanaba de su garganta era lo que menos interés les provocaba.

La verdad era que María causaba un efecto especial en los hombres, porque la clientela del Café París era muy distinguida y educada, pero los jueves, cuando los “Blue Moon” aparecían en escena aquello se convertía en un foro de máxima concentración donde todo tipo de seres se reunían al son de aquella voz celestial en combinanción armoniosa con unas curvas de verdadera mujer.

Sebastian era consciente del efecto de María sobre el resto del mundo, y también sabía que ella nunca se comprometería con nadie, porque para ella nada era eterno, sólo vívia el momento y él afligido ante las circunstancias se conformaba con recordar aquellas aventuras vivídas junto a ella, en los inicio de la banda, cuando la excitación por su creciente exito era compartida por todos y el deseo y el amor entrelazaban sus finas capas confundiendo los sentimientos de ambos.

Sebastian vivía por siempre en el pasado, su cara reflejaba el ayer y para María sólo existía el presente, no había nada más excepto el momento.

Cap 3

A penas quedaban dos mesas por recoger, sin contar con la que yo ocupaba. No me decidía a levantarme, quería aprovechar hasta el último instante, sentir como el calor del gentío se evaporaba hacia el cielo estrellado y como aquella noche pasaba al olvido como una más.
Venga, me dije a mi mismo. Vamonos a casa por el camino empedrado. Me levante, recogí la nota del camarero y me la guardé en el bolsillo. Era otra de mis manías, quería conservar de algún modo cada una de esas noches del Café París y llevando conmigo esos papeles conservaba parte de aquello para siempre.
Me puse mi chaqueta de tweed, levante la mirada al frente y entonces ocurrió algo único e inesperado para mi.
María apareció por la puerta del Café, salía acompañada de un par de músicos que más bien parecían sus guardaespaldas por como parecían proteger su espalda, aunque los instrumentos les delataban. Por un momento sentí que el tiempo se paraba, que mi corazón dejaba de latir, el aire no entraba en mi pecho y el mareo se apoderaba de mi consciencia. Sin intención alguna me quedé pasmado ante María, no sabía que hacer ni como despertar del embrujo que se había apoderado de mi ser. Instintivamente me puse a caminar a su encuentro, no podía evitarlo y ella no parecía haber percibido mi presencia, pero yo les aseguro que la suya era más que presente.
Durante esos instantes mi mente recorrió cada una de sus curvas, de esos cortos pero precisos pasos hacía adelante mientras se contoneaban sus caderas. Su cabello parecía flotar en un mar de aromas dirigidos directamente hacia mi. Sus labios carnosos, sus dientes anacarados y una piel que parecía susurrar sutiles caricias.
El choque de nuestros cuerpos parecía inevitable, mi ser no respondía a nada excepto a su destino vital, el encuentro con aquel ser divino. Cuando a penas quedaban unos centimetros para encontrarnos ocurrió.
Ella levanto la mirada, sus parpados aletearon con majestuosidad y nuestras pupilas se encontraron. Para entonces el impacto era inminente y nada podría evitarlo.
Ella echo sus manos al frente y las mías como si de un imán se tratase respondieron con el mismo gesto. Mis manos chocaron con las suyas y nuestros dedos se entrelazaron para terminar apoyados sobre nuestro abdomen. Sentí cada una de las rugosidades de su piel, la suavidad de sus palmas y nuestros pechos quedaron a un milimetro de encontrarse. Aquellas manos tan suaves evitaron esa sensación, pero no lo suficiente como para no dejarme oler su piel, sentir su alma e impregnar mis sentidos con su aroma. Nuestros labios estaban alineados y su mirada fugaz pareció ser eterna para mi. Este momento parecía ser eterno en mis retinas, mi cerebro congeló el tiempo y la sangre pareció dejar de fluir por mis venas. Era la felicidad manifestada, era como un dulce sueño de esos que nunca quieres despertar.
-Vamos, echate a un lado. -Gritó uno de sus acompañantes.
-Siempre tiene que haber algún borracho que no sabe cuando llega el momento de irse a dormir -replicó el otro músico.
Quedé apartado a un lado y ellos continuaron su camino, pero por un instante María pareció quedar eclipsada, giró su cuello para verme por última vez. Parecía una de esas miradas que parecen retener todo aquello que están presenciando porque saben que será la última vez que lo verán y eso causó en mi una emoción sin precedentes.
Me pareció ver un atisbo de esperanza de no haber sido un simple borracho más que se cruza por su camino en una noche cualquiera.
María recobró su postura y continuó su camino, pero aquel escaso segundo que hubo entre nosotros me daba la sensación que traería algo consigo. No fue un segundo más del infinito e imperturbable tiempo. Fue un segundo mágico, un segundo que pareció días, que digo días, meses, años, toda una vida. Sentí que aquella mujer y yo habíamos vivido una vida juntos en aquel extraño segundo.
Puede que me estuviera volviendo loco y todo fuera una ilusión de mi cabeza, de la música, del alcohol o de la noche embrujada, pero jamás sentí emociones tan fuertes como las vividas en aquel instante.
En aquel preciso instante pedí al destino que volviera a unirnos para tener la seguridad de que aquello no había sido un engaño o pura casualidad. Café 

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