La nueva película de Peter Jackson es un ejemplo de maestría cinematográfica pero que no llega a cuajar, de tener ese gancho comercial y taquillero. No es una cinta menor, pero tampoco resulta ser lo que Paramount pretendía.

El carácter de Jackson queda reflejado desde el primer plano. Su sello personal está patente en cada fotograma. Su constante uso de angulares, planos cortos, el manejo del tiempo, donde a veces parece pararse en un instante y como si de un poema se tratase nos desvela cantidad de información en un segundo, y en general ese aura de transcendentalismo que tan bien sabe imprimir en la pantalla.

Juega con maestría con el paisaje onírico y las emociones, e impregna con gran verosimilitud los momentos más vibrantes. Sabe retratar de una forma muy especial los sentimientos, como aquel en el que el miedo te invade. Ese segundo que pasas de la inocencia a sentirte devorado por el terror y ves que no puedes escapar de él. Como retiene ese instante con la cámara, el ritmo, la música. Sin duda, un genio.

Pero a pesar de todo esto el film  sigue necesitado de algo más. Es verdad que nos brinda un final realista, terapéutico, de asimilación pero no convence. Creo que hubiera sido más acertado trazar la linea que cierra el circulo y ofrecer lo que el espectador espera y demanda. En cualquier caso el sabor agridulce está garantizado.

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