Continuando nuestra resaca post-Oscar quiero recordar una de las grandes películas de 1962, “Matar a un Ruiseñor”, interpretada por Gregory Peck y en la que uno de los personajes que se nombra durante todo el film, pero que no sale en escena hasta los últimos momentos es un jovencito Robert Duvall, que no tiene ni una linea de texto.

La película es una adaptación de la novela de Harper Lee, que gustó mucho a Alan J. Pakula, que compró los derechos y que al poco tiempo ganó el Pulitzer, disparando sus ventas y convirtiéndose en una de las novelas más vendidas en 1960 y en todo un clásico de la literatura moderna americana.

La historia esta basada en observaciones verídicas de la escritora en su ciudad natal. Cuenta una historia en una pequeña población sureña, a principios de siglo XX, en la que el abogado Atticus Finch (Gregory Peck) es un abogado que defiende a un hombre negro acusado de violar a una joven blanca. El suceso es falso y pese a ser el hombre inocente un jurado popular lo condena. Atticus Finch, un hombre honesto, justo, noble y compasivo tendrá que enfrentarse a toda su comunidad, dando una lección de moral y siendo un ejemplo de respeto y admiración para sus dos hijos, a los que cuida el solo, siendo huérfanos de madre.

La película tuvo 8 nominaciones a los Oscar y ganó tres de ellos, guión adaptado, dirección artística y actor para Gregory Peck.

La historia podríamos dividirla en tres partes, una primera en la que básicamente es una historia de niños, algo inconexa con el resto de la historia, ya que tampoco aportada nada sustancial para el grueso de la historia, pero que si que nos deja ver la personalidad de su protagonista, de los valores que inculca a su hijos y como los niños, pese a todo, niños son, con sus típicas travesuras.

La segunda parte del film es el juicio, quizá lo mejor de todo, en el que Atticus Finch defiende con astucia a su cliente, al que defiende de oficio. En esta parte es donde más claras quedan las diferencias de clase social,  la vida sureña y la injusticia social que se manifiesta en ella, así como los roles de género que se dan en la sociedad.

Con el desenlace del juicio muere la inocencia, la inocencia de unos niños que desde lo alto, en el lugar que ocupan los negros, muestra de su naturalidad y falta de prejuicios, observando como la injusticia se apodera de la sala.

La última parte de la película viene a poner orden, a mostrarnos todas las cartas en juego, reinada por la compasión y el coraje de un padre que deberá enfrentarse al sentido de las leyes no escritas. Personaje el de Atticus Finch que más ha hecho por la abogacía, reconocido por jueces y abogados, su claro ejemplo de imparcialidad y justicia.

“Matar a un Ruiseñor” es una película llena de matices y donde a Gregory Peck se le ha reconocido una de sus mejores interpretaciones, donde es verdad que juega un papel de emociones contenidas, brindándonos una interpretación comprometida con las circunstancias.

No me quiero olvidar de la banda sonora, compuesta por Emler Bernstein, que parece más propia de nuestro tiempo, donde la música llega a jugar a papel protagonista y es un elemento indispensable de la historia. La melodia compuesta para la película es preciosa.

En definitiva “Matar a un Ruiseñor” es una gran película, pero no por ello debemos dejar pasar por alto algunos detalles contradictorios y hacen que la película no sea tan imparcial como pretende, como se da en la circunstancia final a la que se debe enfrentar Atticus Finch, en el que hace vista gorda con la ley, juzgando bajo su prisma personal, contrario al ejemplo que viene demostrando y defendiendo bajo toda la historia previamente narrada.

Para finalizar os dejo con la entrega del Oscar a Gregory Peck de manos de la belleza de Sofía Loren, presentanda por Frank Sinatra.

¡Ojo a los contrincantes que tenía Peck!, así como a la música que suena en su camino al Oscar, la bella melodía del film.

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