Quizá sea duro decirlo así, pero lo mejor de “To the wonder” es su trailer. Está claro que Malick, tras “El árbol de la vida” ha encontrado la medida exacta para expresar sus sentimientos. Aquellos brotes poéticos que ya adelantaba en “La delgada línea roja” y que fueron el bloque central de “El árbol de la vida” se llevan al límite en “To the wonder”, película en la que no existe apenas un diálogo, incluso me atrevería a decir que ninguno. Todas las lineas de guión son voz en off, expresan las situaciones mediante  los pensamientos y se nutre de la fuerza de su imagen para reafirmar esos pensamientos y enfatizar las emociones. Por eso creo que Ben Affleck encaja a la perfección, es el actor más inexpresivo que hay desde Clint Eastwood, ideal para el personaje que representa.

La película viene a contarnos cómo es el amor, cómo nace con fuerza, nos lleva por caminos increíbles e inexplicables y que tan pronto está como de repente parece desaparecer. Ante la ausencia de diálogos Malick se vale de la combinación de paisajes que refuerzan su discurso y dirigen el sentimiento del espectador en el camino que pretende, ya sean los bellos paisajes naturales como los ríos sombríos contaminados por el hombre, todo tiene su sentido. La belleza de su imagen no tiene comparación, pero al contrario que ocurría en “El árbol de la vida”,  muchas de las situaciones se alargan de sobre manera, resultan gratuitas e innecesarias, convirtiéndolo en un ejercicio más propio de arte ensayo,  sacando por completo al espectador de la historia con alguna de sus extravagancias.

Entremedias de la historia que se ofrece con Affleck y Kurylenko aparece Javier Bardem en un papel que claramente no termina de verse su sentido en la historia, no acaba de centrarlo y esto también crea cierto desorden.

La película arranca con unas bellas escenas en el norte de Francia, donde nos trasmite la belleza de lo efímero, de esa felicidad que dura un instante y se fuga a Norteamérica, a los campos de trigo donde la rutina y las diferencias entre la pareja protagonista se harán patentes.

Ella enamorada del amor y con la necesidad de ser amada como ella ama. Él, impasible, temeroso de expresar, huidizo ante la pasión y entre unas cosas y otras aparece el cura como paralelismo de ese amor carnal con el amor a Dios. Todo ello bajo el prisma de Terrence Malick, con sus amplios angulares que recogen la belleza del sol, de la tierra, de la naturaleza…con sus particulares travellings que avanzan una y otra vez, siempre hacia delante en busca de más, de respuestas a sus inquietudes. El problema es que esta narrativa visual se vuelve inquietante, cuanto menos, porque incide mucho en los mismos aspectos, con una Kurylenko que no deja de restregarse con todo lo que pasa ante ella, una flor, un cristal, … y esto termina torpedeando  a la poética visual que con tan buen gusto clavó en “El árbol de la vida”.

 

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