-Cielo despierta, has de desayunar y vestirte  para ir a la escuela-me dijo mi madre como cada mañana.
Yo, obediente y adormecido me levanté de la cama, le di un beso en la mejilla derecha y corrí hacia el cuarto de baño. Mientras me deshacía de las pegajosas legañas mañaneras, intentaba encontrar algún vestigio que me confirmara que aquella no había sido una buena noche, pero todo estaba en su sitio. Los espejos sin una sola mancha, el lavabo con su mismo tono amarillento de siempre y las pinturas de mi madre en la pequeña estantería de metal, de la que yo tantas veces me había colgado.
-¡Si no vienes pronto a desayunar tendrás que tomarte la leche fría!
Al oír estas palabras salí de inmediato, agarré los mismos pantalones de pana verde del día anterior y me dirigí a la cocina.
Nada más entrar en ella, mi madre se pasó las manos por el rostro. Después sacó un pequeño pañuelo de tela que siempre guardaba en el bolsillo de su delantal, y se secó las lágrimas que brotaban de sus ojos.
Yo ya sabía lo que debía  hacer. Me comí la tostada lo más rápido que pude y sin mirarla a la cara me dispuse a marcharme.
De camino al colegio,  me solía quedar embobado mirando a todas aquellas mujeres que acompañaban a sus hijos hasta la puerta, con sus sonrisas y esos ojos brillantes, reían y hablaban entre ellas.¡Se las veía tan contentas con sus vidas! Tan orgullosas de sus maridos, sus hijos, de lo hermosas que eran sus casas.
Mi madre llevaba mucho tiempo sin poder hacer ninguna de estas cosas. La sonrisa le había sido robada de su rostro. Sus ojos, transmitían menos vida que las canicas con las que yo jugaba en el parque. Apenas salía de casa. Se pasaba las horas muertas allí, esperando, tan sólo esperando. Era como si estuviese condenada a ser infeliz. Mi madre se había convertido en una persona extraña incluso para mi. Ya no sentía el calor de sus abrazos. Yo seguía necesitando sus besos, sus gestos de cariño, su dulce mirada detenerse en la mía. Pero ella se sentía  incapaz de mostrarse tal y como era antes.
De regreso a casa me detuve ante la idea de que él ya hubiese llegado. Mamá estaría llorando de nuevo y sirviéndole una cerveza tras otra. Él,  sentado en uno de los sillones con los pies sobre la mesita de cristal, viendo la televisión, al mismo tiempo que por su boca dejaría escapar horribles palabras.
Me resigné y toqué el timbre. Aquel sonido era insoportable para mis oídos, pues esos segundos en que lo escuchaba solían ser los últimos segundos de paz que tenía cada día.
-Cielo despierta, has de vestirte y desayunar para ir a la escuela.
Otra vez se repetía la escena de casi todas las mañanas. Sólo una cosa la  hacía diferente a la de hoy. Esta mañana no pude darle mi beso de buenos días a mamá, pues su rostro se hallaba desfigurado.

 

Related Posts

2 Responses

Leave a Reply

Your email address will not be published.