Vergüenza

Andrei recostaba su espalda cada mañana sobre la misma pared. Desde muy temprano el frío penetraba en su cuerpo y parecía concentrarse únicamente en mantener el equilibro sobre la caja de fruta que le prestaban en la tienda que tenía tras él.

Abrigado con una vieja chaqueta de lana que había recogido en la beneficencia y una manta que los mismos fruteros le habían regalado, pasaba la mañana, quieto como una estatua, con la mirada perdida en el infinito, sin ningún tipo de expresión. Únicamente se veían sus dedos asomar tras la manta sujetando un vaso de plástico y unas monedas en su interior.  Hace tiempo que la ilusión le abandonó. Era un autómata, cada día repetía la misma rutina con el fin de recoger esas pocas monedas que le permitieran comer. Ni siquiera podía regresar a su país. No tenía fuerzas ni para acudir a su embajada en busca de auxilio, de sentirse en casa, de ver como los suyos, los de su tierra, sus hermanos…le echan una mano. Ya no había cabida para nada más en su vida. Se daba por perdido. Estaba derrotado. El sueño que una vez tuvo se perdió en las calles de esta ciudad. Alguna vez trataba de recordar como sucedió todo pero cada vez que lo intentaba tenía más la sensación de que este era su estado natural, como si siempre hubiera sido igual.

La gente pasaba caminando junto a él. No recuerda bien como fue, pero un día se volvió invisible, aunque unos pocos todavía alcanzan a verle. No son muchos pero lo justo para poder estar ahí al día siguiente.

Su rostro era la viva expresión de la desgracia, aunque había gran belleza en sus ojos, de un azul cristalino con el encanto propio del cielo en el amanecer ártico, de suaves tonos heladores que dejan pasmado a quien lo observa. Unos ojos que habían visto demasiadas cosas que nunca hubieran imaginado. Pero allí estaban dejándose llevar por el horizonte.

Andrei sentía vergüenza. Llegó con muchas ganas de triunfar, de tener una vida plena, de lograr sus metas y regresar algún día a casa con la cosecha de su trabajo. Todavía se imagina alguna vez llegando a su pueblo de forma victoriosa, como dicen, la esperanza nunca se pierde, aunque fuera con el subconsciente. Mientras que aquello nunca ocurriría, la vergüenza se apoderaba de él. La invisibilidad le devoraba el alma. Con ella sentía desprecio y se alejaba cada vez más de la humanidad. Todo su talento, el que un día le trajo hasta aquí, se convertía en debilidad, en vergüenza. Fue como el relámpago, que tan pronto nos ilumina y nos hace brillar como nos ciega y nos sume en la oscuridad. Se sentía tan miserable que en alguna ocasión se sonreía.

El instinto también le había abandonado, como tantas otras cosas. Ya no tenía el impulso de un depredador, tan sólo quedaba el corazón de un rumiante en su interior, que pastaba a diario sin pensar que sería de él mañana. Esa embriagadora necesidad de ser que alimenta nuestro orgullo le observaba desde el otro lado la acera. Sentía vergüenza de si mismo.

Esta es mi parada, ya llegamos. Justo la misma en que cada día observo a Andrei sentado frente a la frutería.

El sonido del autobús hace que Andrei levante la mirada. Se abren las puertas y bajo en dirección al metro, pero sin perder de vista el rostro de Andrei. Por un momento cruzamos la mirada, pero al instante agacha los ojos, la vergüenza le abruma. Lo que Andrei no sabe es que quien siente más vergüenza, soy yo.

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