Los primeros rayos de sol asomaban tras la infinita línea divisoria que separaba el cielo de la turgente agua del Mediterráneo. La humedad de la noche daba paso al calor de la luz y la brisa nocturna llegaba a su fin hasta la noche siguiente.

La quietud y soledad de la noche se extinguían ante el ajetreo que amainaba en el puerto. Los pequeños pesqueros volvían con su jornal cumplido, intentando llegar los primeros a la lonja para asegurar las ventas.

Stanley, acurrucado sobre sus piernas, con la mirada perdida en los fugaces farolillos de la noche concentraba su atención en los recuerdos, en los meses vividos en esta lejana tierra en la que nunca se sintió a gusto, de la que nunca pudo sentirse parte y de la que ahora partía.

Stanley Duvache era su nombre, hijo de Sarin y Nadia, unos padres que muy a su pesar tuvieron que ver partir a su hijo a unas tierras extrañas, donde la esperanza de la prosperidad en sus vidas les valía como premio a tal desafío.

Stanley trataba de recordar a su familia ante su inminente retorno, subyacían en su imaginación los momentos más felices y amargos por igual. Recordaba como la depresión económica fulminó todo lo que su abuelo consiguió. En tan sólo una generación habían pasado de la riqueza a la pobreza.  Apenas tuvo tiempo para ganarse la vida cuando llegó la gran crisis. Sus estudios en medicina no valieron para mucho. La sanidad fue una de las partidas bienaventuradas que pasó a un eterno aplazamiento, y claro, su juventud e inexperiencia no valían mucho en la tierra de lobos en la que se había convertido el país. La situación se había vuelto muy difícil, el vandalismo estaba en cada esquina, la fé en los políticos se había esfumado y el pueblo, la gente de bien, comenzaba a plantearse hacer las maletas y tomar rumbo a otro lugar. Su familia gozaba aún de rentas suficientes para subsistir, pero él sabía que aquello no iba a durar para siempre y que en cualquier momento lo poco que quedaba se agotaría.

Stanley sabía que tendría que marchar en busca de un futuro, se lo debía a su familia y así mismo.  Este era su momento, el momento para demostrar de que estaba hecho. Un buen día tomo la decisión, la compartió con sus padres y agitó en la distancia, a modo de saludo, el pañuelo blanco que su hermana pequeña le ofreció como compromiso de que algún día regresaría con ellos.

La primera impresión que tuvo de esta nueva tierra fue gratificante. Llegó por mar, de forma clandestina, pero pronto la fugaz clandestinidad pasó un amplio reconocimiento por la supervivencia. El frio de la noche y las corrientes marinas se llevaron el sueño de muchos compañeros pero el consiguió llegar a tierra con vida para caer en los brazos de aquellos ángeles salvadores vestidos de rojo. Su vida quedó en sus manos y en sus adentros sentía una enorme felicidad a pesar de su indefensión. Era consciente de que ahora estaba en un mundo mejor, un mundo donde las personas se quieren, se cuidan unas otras y valoran la vida por encima de todo. Un mundo de respeto y educación donde habría un lugar para él.

Poco tiempo tardó en descubrir la hipocresía que le envolvía. De las manos salvadoras pasó a los interrogatorios, los dedos acusatorios y las miradas severas. Pero gracias a la ambivalencia de este sistema vio como pronto se le abrieron de par en par las puertas de la libertad hacia el nuevo mundo.

Las cosas no fueron bien, tardó un tiempo en que le reconocieran como ciudadano y pudiera ejercer sus derechos y de poco le valió porque era víctima de la explotación que sus propios compatriotas ejercían sobre los nuevos aventureros, como era su caso.

Ganaba lo justo para su propia subsistencia en un trabajo donde violaban constantemente su dignidad. El sueño de ejercer la medicina se le hacía inalcanzable, toda una pirámide de burocracias y estamentos sumían sus esperanza en el vacío. Seguía luchando con la esperanza de al menos poder ayudar a su familia en la distancia, pero todo se le hacía muy cuesta arriba. Era una víctima más de un sistema en el que él era un granito de esa gran piedra sobre la que otros muchos se sostenían.

Un golpe de viento le llenó de olor a azahar. Los recuerdos entraban a la par que ese dulce a olor a naranjo. Que feliz era en aquellas tardes de azahar, en las que su abuelo le mostraba las virtudes de la tierra y en las que no tenía más preocupación que la de dejar pasar el tiempo y ser feliz.

-¡¡¡Buuuuuuuu!!! –sonaba la bocina del barco que le llevaría a casa devuelta, lejos del mundanal ruido de este mundo de locos donde sólo vales lo que puedas pagar y donde el color de tu piel, el acento de tus labios y las pieles que te cubran determinan tus conquistas y derrotas.

-¡¡¡Buuuuuuuu!!! –insistía la bocina, mientras el operario daba las últimas instrucciones antes de partir.

El brillo del sol se mostraba en sus ojos y el reflejo de la desilusión se palpaba en su rostro. Sentado en el muelle esperaba su turno, el de regreso al hogar, lejos de la vil y cruel sociedad a la que llamaban “moderna”, con los sueños rotos, sin esperanza, pero eso si, con el alivio de reencontrarse con su familia y amigos.

Stanley se levantó, tomo su mochila, se miró los pies y tras ellos el fugaz horizonte, buscando un atisbo de reconciliación con esta arrebatadora tierra de la que nada bueno se llevaba. Caminaba hacía el barco sonriéndose, acordándose de su madre y del nombre que le puso, el de Stanley Kowalski, el joven rústico y perdedor inmigrante de Un tranvía llamado deseo. Quizá su destino caminaba paralelamente a la leyenda de ese nombre, no lo sabía, pero recordaba con cariño las innumerables ocasiones en las que había visto esa película junto a su madre.

Definitivamente subió al barco y partió rumbo a su hogar, su verdadero hogar, lejos de la miseria del engaño y la corrupción, lejos de los defensores de la desmemoria y la sinrazón que amparan las vilezas con la impunidad de que el olvido y el destierro borrarán sus huellas.

Stanley volvía al lugar del que nunca debió salir, volvía a casa, a su hogar, con su experiencia de derrota y supervivencia en la conciencia. Él todavía no lo sabía pero precisamente esta derrota sería la que le daría la fuerza y voluntad necesaria para enfrentarse a los grandes retos que tenía por delante. Reconstruir su familia, buscar nuevas oportunidades, alimentar los sueños de los más pequeños, fortalecer el alma de los más abatidos, confiar en su valía y alentar el compromiso en su comunidad.

Un marino soltaba el amarre desprendiendo así al barco de su único sustento en tierra, ya nada les unía, sólo quedaba mirar hacia delante en busca de su ruta, pasados los confines del infinito océano. Ya no había marcha atrás, si es que alguna vez la hubo. Stanley recorría la cubierta con su mano sobre la húmeda y mugrienta madera de la borda mientras se despedía de todo lo que dejaba atrás, aquello en lo que un día creyó pero que hoy únicamente le servía para fortalecer su espíritu en el futuro cercano.

El barco se alejaba de las aguas que bañaban esta tierra extraña, daba paso a un pequeño punto en la distancia que se desdibujaba entre las olas fervientes de la mar. Las aguas se batían en duelo borrando las penas, eliminando cualquier vestigio de su paso, curando la heridas, recobrando el alma. 

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One Response

  1. Mike

    Me parece una historia muy hermosa que nos hace ver que la dura realidad de la vida, las experiencias vividas, son el mejor entrenamiento para encontrar nuestro destino; pese a que estas puedan ser duras y a veces nos pongan en el extremo del abismo.

    MIKE, FELICIDADES POR EL RELATO.

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