54 años después del estreno de “Mary Poppins”, vuelve a las pantallas. El listón era altísimo, por no decir insalvable. No sólo sus 13 nominaciones a los Oscar, de los que se llevó 5, sino que la magia que surgió en la película de Stevenson era muy difícil de repetir.

Pese al gran reparto, resulta soporífera por momentos, repite el tono narrativo y diría que hasta secuencias, tal cuál la original. No sé cuando resucitará Hollywood, pero lleva décadas en caída libre y esta es una prueba más, ¿de verdad hacía falta una nueva Mary Poppins?

Quizá los niños de esta generación la vean con otros ojos, porque carecen del referente, pero lo que son los adultos…va a ser difícil convencerlos. Puede que uno de los errores de esta cinta sea su director. Se nota demasiado la mano de Rob Marshall, por momentos me parece estar viendo “Chicago”, con unas letras huecas, números musicales forzados y un postín a veces patético que parece estar diciendo, “mira, mira, ¿verdad que somos como la Mary Poppins original?”.

Sólo salvaría una pequeña parte del film. El desenlace. Fascinante la emoción mostrada y la puesta en escena de Dick Van Dyke, con sus reminiscencias del pasado. Lo mejor de la película. Sólo esos 10 minutos merecen el precio de la entrada.

Por lo demás, bastante olvidable. El sueño de aquella “Mary Poppins” del 54 es irrepetible. Aquel mensaje sobre la vida, la infancia, el paso del tiempo, el amor por los hijos, la magia en las pequeñas cosas, ese gran manual de autoayuda que supuso Mary Poppins, sólo quedará en nuestros recuerdos.

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